12. Sor Juana y la ilusión de capturar libros

Hace algunos días me encontré en Internet un sondeo: “¿Es mejor coleccionar libros o dejarlos libres?” Las opiniones fueron diversas, de la misma manera en que lo son las predilecciones de cada quien… pero en la gran mayoría de los casos se dejaba de lado una verdad evidente: el libro cautivo en una biblioteca eventualmente se volverá libre, y viceversa. La impermanencia es lo único que podemos asumir como verdadero… y Sor Juana Inés de la Cruz lo tuvo bastante claro.

A lo largo de una vida consagrada al aprendizaje, se dice que Sor Juana llegó a acumular hasta 4 mil títulos en su biblioteca personal. Su selección era inmensa y no escapaba casi ningún tema: teología, derecho, medicina, astronomía, filosofía, clásicos latinos… y, naturalmente, literatura hispanoamericana.

En esos tiempos, el libro comenzaba su abaratamiento en comparación a épocas anteriores. No obstante, seguía siendo un instrumento propio de los intelectuales y poderosos porque el precio se mantenía prohibitivo para una gran parte de la población. Como miembro de una estructura eclesiástica, a Sor Juana no le habría resultado especialmente complicado conseguir libros… y varias familias de impresores se complacían en enviarle ejemplares de sus nuevos títulos como regalo.

Para 1691, las hambrunas y epidemias azotaban a la población con especial ímpetu, así que la Décima Musa determinó que su colección podía servir a propósitos más generosos. Por eso, encomendó al padre Lombeida que vendiera todos los libros y ocupar el dinero para atender a los pobres. Infortunadamente, la monja muere poco después (1695) y el sacerdote se queda con una biblioteca a medio vender. Decidido a completar la misión, continua con la venta de libros… hasta su muerte en julio del mismo año. En su testamento, estipula que la venta de los libros de Sor Juana deben continuar a la venta, encomendando al arzobispo Francisco de Aguiar y Seixas para esta tarea.

El paradero de los libros que conformaron la colección original de Sor Juana ha quedado diluido en las arenas del tiempo.


Si la biblioteca de semejante figura prominente quedó diseminada desde antes de su partida, sin posible reintegración, ¿qué puede esperar una lectora modesta con sus ediciones de bolsillo? Pecaría de soberbia al creer que mis esfuerzos por acumular libros serán inmunes al flujo natural que la vida elija para ellos.

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