Antoine de Saint-Exupéry – Ciudadela

La virtud es perfección en el estado de hombre y no ausencia de defectos.


El 31 de julio de 1944, el piloto Antoine de Saint-Exupéry partía desde Córcega en una misión de reconocimiento, sin saber que jamás volvería a tierra firme. Hoy, en un aniversario luctuoso más, llueven las propuestas para recordarlo con El Principito, uno de los libros más difundidos de la literatura universal. Sin embargo, invito a los lectores a que se asomen al que, sin duda alguna, es el libro más contundente de este escritor.

Ciudadela es un libro póstumo. Al no haber sido concluido ni editado por el autor, éste ha sido publicado en calidad de borrador íntegro, por lo que su volumen puede resultar desafiante para quien se haya acostumbrado a la brevedad del Principito. Situado en un imperio desértico, en este libro se despliegan las anotaciones de un príncipe en relación a todo lo que acontece dentro de sus dominios. En este escenario, el autor vuelca todo un manifiesto  sobre su postura respecto al sentido de la vida misma.

Mi experiencia leyendo Ciudadela ha sido magnífica, pues se siente en el texto una fuerza contundente y una defensa férrea de las ideas del autor. Si pensamos que en su libro más conocido prevalecen la sutileza y la melancolía, en éste tendremos a Exupéry desarropado de matices velados que pudieron haber impedido comprender sus ideas a plenitud. Por eso, invito a que recordemos al autor explorando la que – luego de haber sido pulida – pudo constituir su obra maestra.

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Los camelleros, cuando se extravían, si caen en esa trampa que jamás ha devuelto su bien, no la reconocen en un comienzo, porque nada la distingue, y arrastran por ella como una sombra al sol, el fantasma de su presencia. Pegados a la viscosidad de la luz creen marchar; sumergidos ya en la eternidad, creen vivir. Llevan adelante su caravana allá donde ningún esfuerzo prevalece contra la inercia de la extensión. Marchando hacia un pozo que no existe, se regocijan con la frescura del crepúsculo, cuando en adelante no será más que inútil prórroga.

Así, desde la torre más alta de la ciudadela, he descubierto que ni el sufrimiento ni la muerte en el seno de Dios, ni el duelo mismo eran de lamentar. Porque el desaparecido, si se venera su memoria, es más presente y poderoso que el viviente. Y he comprendido la angustia de los hombres y compadezco a los hombres.

Porque el pesar está siempre formado por el tiempo que pasa y no ha dado fruto. Hay pesar por la huída de los días, por el brazalete perdido que pertenece al tiempo que se pierde, o por la muerte del hermano que es del tiempo que ya no tiene uso.

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Mis generales, con su sólida estupidez, me interrogaban entonces: “¿Por qué nuestros hombres no quieren combatir más?”. Como si hubieran dicho, escandalizados en su oficio: “¿Por qué no quieren ya segar los trigos?”. Y yo cambiaba la pregunta que formulada así no conducía a nada. No se trataba de un oficio. Y me preguntaba en el silencio de mi amor: “¿Por qué ya no quieren morir?”. Y mi sabiduría buscaba una respuesta.

Porque no se muere por carneros, ni por cabras, ni por moradas, ni por montañas. Porque los objetos subsisten sin que nada se les sacrifique. Pero se muere por salvar el nudo invisible que los anuda y los cambia en dominio, en imperio, en rostro reconocible y familiar. En esta unidad se cambia, porque se la construye también cuando se muere. La muerte paga por causa del amor. Y el que ha cambiado lentamente su vida por la obra bien hehca, y que dura más que la vida, por el templo que se abre camino en los siglos, ese acepta también morir si sus ojos saben cómo separar el palacio de la disparidad de materiales, y si se asombra por su magnificencia y desea fundirse con él. Pues es recibido por algo más grande que él y se entrega a su amor.

Pero, ¿cómo aceptarían cambiar su vida por intereses vulgares? El interés, antes que nada, ordena vivir. Sea lo que fuere, mis cantores ofrecían a mis hombres moneda falsa a cambio de sus sacrificios. Sin saber desprender el rostro que los hubiera animado. Mis hombres no tenían ya derecho a morir por amor. ¿Por qué morían entonces?

Y aquellos que morían por rigidez del deber que aceptaban sin comprender morían tristemente, tiesos y con los ojos duros, parcos en palabras, con la severidad de su disgusto.

Y por esto buscaba yo en mi corazón una enseñanza nueva que pudiera aprisonarlos. Después, comprendiendo que esto no se logra con sabiduría o razones, ya que se trata de crear un rostro como el escultor impone a la piedra el peso de su arbitrariedad, supliqué a Dios que me iluminara.


Antoine de Saint-Exupéry
Ciudadela
Trad. de Hellen Ferro
Alba editorial
600 pp.

El libro está disponible en Digitalee y, dicen, en este enlace.

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