(Otra) crisis del lector

Inauguré este blog comentando brevemente sobre mi primera gran crisis existencial, que se resume en “demasiados libros, poco tiempo“. Ahora, toca abrir tardíamente el 2017 con una crisis más pequeña en cuanto a intensidad y repercusiones, pero que no pierde su encanto: tantas páginas… ¡y tan pocas ganas!

El escenario es más o menos el siguiente: el lector se halla entusiasmado por el nuevo libro que está en sus manos. Pudo haberlo comprado, encontrado abandonado o haberlo recibido como regalo en un gesto propio de la recién concluida temporada navideña. Feliz por la nueva adición a sus estantes, se prepara para abrir el libro con los pequeños rituales que acostumbra: ya sea la taza de café, el sillón más cómodo o la posición (no sexual) favorita en la cama. Se estira antes de inmersionar en las páginas, toma con cuidado la cubierta, despliega ante su mirada la primera página y…

Nada. Como si leyera el obituario del periódico.

Si el lector no es tan experimentado en estos fenómenos, estará ligeramente desconcertado por su falta de entusiasmo. Es el libro que había querido leer desde hace mucho tiempo, así que se da a sí mismo otra oportunidad. Trata de avanzar al mínimo de páginas que suele leer por día, pero su motivación se mueve en proporción inversa a las líneas que va leyendo. Tarde o temprano se dará cuenta de que no ha comprendido una palabra de los últimos párrafos, así que cierra el ejemplar con desgana y se dice a sí mismo que intentará más tarde.

Y más tarde, la historia se repite. Tal vez sean unos días. Quizás unas semanas.

El lector, ensimismado, se preocupará por ese periodo de pereza mental y se esforzará al máximo por cortarlo de tajo con el libro que desencadenó todo o con otro material. Si es una crisis leve, el remedio será efectivo. En caso contrario, terminará como yo en estos días, trepando por las paredes al no sentirse capaz de leer. Por fortuna, la impermanencia es lo único constante y, como todo, esta crisis de pereza involuntaria se desvanecerá tarde o temprano.

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De acuerdo, no he podido leer como acostumbro. ¿Qué hago?

En 22 años dedicados a leer como medio para preservar mi salud mental – con resultados de calidad cuestionable, por supuesto – me he topado con esta pequeña crisis en más de una ocasión y he pasado diferentes opciones para librar el mal paso. Los resultados varían de persona a persona y dependen en gran medida de la fase lunar, tu signo zodiacal y lo que hayas comido en la mañana. Aguas.

Enfócate en lo que lees (sí, haz el esfuerzo)

A veces, me sucedía que terminaba más concentrada en el número de páginas que quedaban sin leer, o en las notas al pie, o en el pensamiento recurrente de espero-concentrarme-y-leer-sin-problemas-porque-si-no-estaré-perdiendo-el-tiempo-otra-vez. Date la oportunidad de saborear cada palabra y no te avergüences de volver a leer un párrafo. Después de todo, nadie está midiendo tu velocidad lectora a tus espaldas, ¿cierto?

Rompe con la rutina

Cambia de posición mientras leas. Vete a un sitio distinto. Lee en un parque. En un camión. En tu azotea. Lee a una hora distinta. Deja el café, cambiálo por otra bebida (guiño, guiño). Cualquier diferencia, por pequeña que sea, puede ayudarte a procesar tu lectura como una experiencia nueva y eso puede motivar a tu perezoso cerebro para mantener el interés. Si las relaciones románticas se quiebran por la rutina, ¿por qué no cuidar ese aspecto con tus libros también?

Diversifica

El libro que está en tus manos no va a desaparecer de la faz de la Tierra si lo dejas por un rato. Busca otro. Relee alguno que hayas disfrutado mucho. Toma algún libro y comiénzalo desde una página aleatoria. Haz rayuela con un libro que no sea de Cortázar. Lee revistas, periódicos, volantes, anuncios en los postes… Hasta el TvNotas puede servir como un punto de inflexión para poner fin a la desidia, aunque en mi caso fue la sensación de haber tocado fondo por tener los últimos chismes de Bárbara Mori en mis manos.

Hay un mundo allá afuera…

La lectura no se limita a los libros, sino que es, en última instancia, leer la realidad (Zaid dixit). Enfócate en lo que sucede a tu alrededor, lee el mundo. No estás obligado a hacer un tratado filosófico sobre la condición humana, pero puedes darte la oportunidad de explorar con mayor profundidad el entorno inmediato a tu disposición. Lee a tu familia, a tus amigos, a tus compañeros, al transporte público, al cajero del banco, a la señora de la tiendita, a las palomas del parque, al niño que pasea a su perro para que defeque frente a tu portón… Tú pones el límite.

Leer no soporta el modo imperativo

Haz caso a Jorge Luis Borges y no te obligues a leer. Si algo no encaja, si te has cansado y quieres detenerte, hazlo. Cuando el momento sea el apropiado y los astros del universo finalmente hayan conspirado a tu favor (la referencia coelhiana es digna de la hoguera), te verás leyendo y la crisis de motivación quedará sólo en el recuerdo.

 

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