Eduardo Sacheri – El secreto de sus ojos

— ¿Vas a decirme qué te pasa, Benjamín?
Chaparro se siente morir, porque acaba de advertir que esa mujer pregunta una cosa con los labios y otra con los ojos: con los labios le está preguntando por qué se ha puesto colorado, por qué se revuelve nervioso en el asiento o por qué mira cada doce segundos el alto reloj de péndulo que decora la pared próxima a la biblioteca; pero, además de todo eso, con sus ojos le pregunta otra cosa: le está preguntando ni más ni menos qué le pasa, qué le pasa a él, qué le pasa a él con ella, a él con ellos dos; y la respuesta parece interesarle, parece ansiosa por saber, tal vez angustiada y probablemente indecisa sobre si lo que le pasa es lo que ella supone que le pasa.


La relación entre literatura y cinematografía es evidente en nuestros días. Hoy es casi inverosímil que la cartelera semanal carezca de una cinta basada en algún libro, si bien en muchos casos resulta una inspiración ligera más que un apego fiel a la obra que muchos amaron y que esperaban ver reproducida en un medio diferente a cabalidad, dando lugar a interminables discusiones sobre libro vs película. Por otra parte, se da el fenómeno inverso – aunque menos frecuente – de libros que se basan en películas.

En esta ocasión, toca referirnos a un libro que conocí gracias a una clase durante la universidad. Estábamos aprendiendo (o al menos lo intentamos) sobre lenguaje cinematográfico y la maestra nos dio uno de los mejores ejemplos que he visto de un plano secuencia en mi precaria experiencia en el cine:

Luego de ver tal despliegue del arte cinematográfico me juré que leería el libro antes de ver la película. Tras meses de una precariedad que parece convertirse en una constante de mi existencia, pude adquirir un ejemplar de bolsillo que fui comiéndome en pequeñas dosis alteradas por cierto desequilibrio existencial y, una vez finalizado el festín, me quedé mirando al techo por un largo rato sin saber qué seguiría en mi vida.

La pregunta de sus ojos, que es el título original de la novela, plantea una historia policiaca entretejida con la tragicomedia romántica de Miguel Ángel Chaparro, nuestro protagonista. Él es un funcionario jubilado que ha decidido escribir el caso de homicidio que marcó su vida, arriesgándose a que sus pasos como novelista en ciernes lo lleven de vuelta hacia el amor que se había empeñado en enterrar. A través de las dos voces narrativas – la del autor y la del protagonista – el lector encontrará una trama en la que se conjugan las miserias individuales y sociales de los personajes.

Uno de los puntos más fuertes que encuentro en este libro es que logra balancear los dos puntos focales de la trama. Creo que esto se debe a que Sacheri logró conjugar ambos elementos (el caso policiaco y el amor secreto de Chaparro) de forma tal que se sostienen mutuamente pese a ser fenómenos independientes a primera vista y, pese a que Chaparro puede resultar horriblemente cursi en algunos pasajes, consigue el interés de un público al que desconoce cómo dirigirse.

La primera dificultad concreta, una vez decidido el tema: ¿En qué persona gramatical voy a redactar esta cosa? Cuando hable de mí mismo, ¿diré “yo” o diré “Chaparro”? Es tétrico que ese escollo baste para detener todo mi brío literario. Supongamos que elijo la tercera persona para el relato. Tal vez sea mejor, para no verme tentado a volcar impresiones y vivencias demasiado personales. Eso lo tengo claro. No pretendo hacer catarsis con este libro, o con este embrión de libro. Pero la primera persona me queda más cómoda. Por inexperiencia, supongo, pero me queda más cómoda.

Otro de los elementos que disfruté mucho al leer este libro fue el uso de los detalles para conocer a los personajes y para generar conclusiones de trascendencia para la trama. Movimientos, vestuario, fotografías, actitudes y rutinas son elementos comunes para que conozcamos a los personajes sin que estas minucias carezcan de sentido. Por ejemplo, el autor pasa todo un capítulo dedicado a cierto personaje que saca virtud de sastre cuando la resaca le impide trabajar… y más adelante, este despliegue conductual permite un giro en el curso de los acontecimientos.

Creo que la historia cumple para demostrar el impacto de las decisiones que tomamos. En este caso, Chaparro se ve envuelto en conflictos que lo sobrepasan debido a decisiones que en un inicio no guardaban una relación directa. Así, pequeñas acciones como salir a un bar en lugar de ir a casa salvan o condenan a los personajes. De esta manera, eso que llamamos destino o casualidad es producto directo de lo que hemos decidido en algún punto, aunque no siempre nos percatemos de ello.

Otro punto que me ha dejado pensando para próximas relecturas es el de los paralelismos de los personajes ante un amor frustrado. Aunque las circunstancias sean diferentes, Chaparro, Morales y Gómez se enfrentan a la imposibilidad de estar junto a la mujer que aman y es ése el punto que conecta a nuestros personajes, independientemente de los roles que se juegan en la historia. En realidad, la historia existe debido a este rasgo compartido y a las diferentes estrategias que tomó cada personaje para resolverlo.

 

Jamás se había destacado en nada. Ni en la escuela, ni en los deportes, ni siquiera en la familia había merecido más que algún ocasional elogio por cualidades en el fondo intrascendentes. Pero el 16 de noviembre de 1966 había conocido a Liliana, y con eso había bastado para cambarle la vida. Con ella, por ella, gracias a ella, él había sido distinto.

Tristemente, el final no será lo suficientemente redondo para quienes gocen de cierres perfectos en los que todo ha quedado claro y perfectamente explicado.  A mí me ha parecido inmejorable, pues cumple a cabalidad con cerrar los puntos de conflicto establecidos en la trama… pero [la palabra más puta que conoce Morales] para algunos lectores podrá ser un final agridulce en el que quede pendiente el secreto de sus ojos.


Eduardo Sacheri nació en Buenos Aires en 1967. Es profesor y licenciado en Historia, y ejerce la docencia universitaria y secundaria. Comenzó a escribir cuentos a mediados de la década del noventa. Ha publico los libros de relatos “Los Traidores y Otros Cuentos” (2000) (llamado en su país “Esperándolo a Tito y Otros Cuentos De Fútbol”), “Te Conozco, Mendizábal y Otros Cuentos” (2001), “Lo Raro Empezó Después, Cuentos de Fútbol y Otros Relatos” (2004) y “Un Viejo Que Se Pone De Pie y Otros Cuentos” (2007).

Su primera novela fue “El Secreto De Sus Ojos” (2005), un libro originalmente llamado “La Pregunta De Sus Ojos” que fue llevado al cine por Juan José Campanella en el año 2009 con el protagonismo de Ricardo Darín. Cuatro años después publicó una nueva novela, “Aráoz y La Verdad” (2009), intriga en la que, al igual que gran parte de sus relatos, volvió a tomar protagonismo el deporte del fútbol. Más tarde escribió la novela “Papeles En El Viento” (2012), libro sobre unos amigos al cuidado de la hija de un amigo fallecido que fue llevado al cine por el director Juan Taratuto, y “La Vida Que Pensamos” (2013), otra recopilación de cuentos de fútbol.

Ganó el Premio Alfaguara por la novela “La Noche De La Usina” (2016).

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