Divagaciones en relación al galano arte de viajar sin libros

Era una tarde lluviosa, similar a la de hoy. Frente a una computadora sobrecalentada por el uso excesivo e inmisericorde, se hallaba cierta persona que esperaba ansiosamente cierta llamada en la que le informaran de cierto destino al que tendría que dirigirse y permanecer por los próximos dos años. Afortunadamente, ése era el día… y le informaron que abandonaría el mar de la niebla para dirigirse a una zona costera al otro lado del país. Esa llamada fue una de las mayores desempolvadas de comodidad que he recibido en mi no-tan-extraordinaria existencia.

Después de un catálogo emocional completo, llegó la preocupación fundamental para un ser humano que ha vivido amurallado entre libros desde que tiene uso de razón, para alguien que adora el olor del papel y que ha llorado entre las sábanas cuando un libro se acaba, al más puro estilo de Bastian Baltasar Bux:

¿Qué voy a hacer con mis libros? 

Ésta no fue una pregunta fundamentada con el destino inmediato de mis suficientes pero escasos ejemplares que se hallan cómodamente resguardados en el domicilio familiar. Sabía perfectamente que los encontraría en los mismos estantes cada vez que volviera a casa, como ha ocurrido desde que comencé la Universidad en una ciudad que ahora percibo cercana. La pregunta surgió en relación a la obviedad #1: no hay forma de empacar y transportar cada uno de mis libros para llevarlos conmigo. No sólo por cantidad, sino por eficiencia y presupuesto personal. Tras una noche de pesadillas que incluyeron libros extraviados, robados, manchados, mojados, rayados, mutilados y hasta quemados en mi ausencia, me recordé a mí misma que el libro es un medio, no el fin último de su autor. Importa poco si tengo una biblioteca grandiosa si no la frecuento, pues el mensaje queda condenado a morir en un estante polvoso. Mientras yo esté lejos, cuento con que mi familia sacará partido a mis libros y sus mensajes llegarán a ojos que no sean los míos. Con algo de suerte, sus ideas pueden más lejos que si siguieran condenados a mi vigilancia carcelera (pues soy apenas capaz de prestar un libro).

Una vez resuelta esa parte, llegó la obviedad #2.

¿Cuáles son los libros que me acompañarán en este viaje?

Debido al peso y a la necesidad de empacar otros bienes (las leyendas dicen que la ropa es una necesidad básica cuando vas a otro sitio), sabía que mi espacio disponible para libros era limitado. Sin embargo, el proceso más arduo y complejo era la elección de los títulos. ¿Serían los libros que no he leído aún? … ¿Los libros que me han conmovido cada vez que vuelvo a ellos? ¿O los que me han hecho reír como desquiciada? … ¡No, mejor los que reviso con ahínco para sacar nuevas referencias! … Sería más conveniente tomar poemarios, dignos de lecturas en la playa… O mejor me dejo de peroratas y tomo ejemplares a ojos cerrados, dejando que el azar me salve de una decisión tan tortuosa…

Esperé hasta ayer para empacar mis pertenencias, en lo que fue un mecanismo de defensa para no elegir mis libros viajeros con tanta premura. Mienras debatía conmigo misma sobre los libros que estaba dejando atrás, me recordaba que son el medio, no el fin; son el medio, no el fin; son el medio, no el fin… Inhalaba y exhalaba conforme esas palabras se repetían a modo de mantra dentro de mi cabeza. Y entonces, llegó la obviedad #3:

Sin importar a dónde vayas, tus libros van contigo.

¡Pero claro! Esos libros que me han acompañado en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, son libros que han moldeado en mayor o menor medida la persona que soy ahora, mientras descargo mis dedos en un teclado indiscreto. He dialogado con autores que hoy son polvo, he leído voces provenientes de los confines de la Tierra, permitido que las emociones afloren a través de las páginas y, sobre todo, encontrado preguntas que trato de responderme conforme termino cada lectura. El medio ya ha cumplido la función de dar su mensaje. Yo no dejo mis libros. Ya los llevo.


 

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(Pero lo anterior no evita que deseé una maleta como esa…)

 

Las maletas ya están hechas. En ésta, la última noche en el mar de la niebla, sigo preguntándome si – respecto a mis libros viajeros – tomé la decisión correcta.

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