Dazai Osamu – Indigno de ser humano

Podría decirse que todavía no he comprendido lo que mantiene vivo al ser humano. Por lo que parece, mi concepto de la felicidad está en completo desacuerdo con el del resto de las personas, y la intranquilidad que genera me hace dar vueltas y gemir por las noches en mi cama. Incluso ha llegado a afectarme la razón. Me pregunto si soy feliz. Desde pequeño me han dicho muchas veces que soy afortunado; pero mis recuerdos son de haber vivido en el infierno. Esos que me tildaron de dichoso, al contrario, parecen haber sido incomparablemente más felices, que yo.

Mas, si pueden seguir viviendo sin matar o volverse locos, interesados por los partidos políticos y sin perder la esperanza, ¿se puede llamar a esto sufrimiento? Con su egoísmo, convencidos de que así deben ser las cosas, sin haber dudado jamás de sí mismos. Si este es el caso, el sufrimiento es muy llevadero. Quizá así sea el ser humano, y esto es lo máximo que podamos esperar de él. No lo sé…

Dazai Osamu es uno de esos escritores a los que no he podido acercarme mediante libros impresos, muy a mi pesar. La primera vez que escuché de él fue en una cita atribuida a Mishima en los mares de Internet, donde refiere que “Dazai fue un escritor que se esforzó en exponer precisamente lo que yo más quería ocultarme a mí mismo“. Con semejante introducción a una pluma nueva, era imposible resistirme.

Indigno de ser humano (1948) es uno de los libros más populares de la literatura nipona, contando con más de 10 millones de ejemplares vendidos desde su publicación (no obstante, desconozco si este número se refiere solamente a los ejemplares en su lengua nativa o incluye traducciones). Se trata de una obra en la que escaparemos de las descripciones preciosistas del ambiente que podemos encontrar en Kawabata, del ambiente misterioso de Edowaga Ranpo o del humor franco de Akutagawa. Se trata de una narración fundamentalmente introspectiva, pero no al estilo autobiográfico al que recurrían el grueso de los escritores desde el final de la era Meiji, puesto que es un relato bastante descarnado sobre la condición de Yozo, el protagonista que bien puede catalogarse como el alter ego del autor.

Yozo nunca ha sido capaz de comprender al ser humano y en toda la narración vemos cómo se asume como alguien ajeno a la humanidad misma. A través de tres cuadernos de notas, conocemos sus esfuerzos desde la infancia por encajar en un mundo que no puede comprender, ya sea a través de alcohol, drogas, prostitutas o bufonadas. Tales peripecias le valen únicamente para envolverse en una espiral de decadencia y soledad.

 Pese a que siempre he sido amable con los demás, nunca he experimentado la sensación de amistad. Excepto en el caso de compañeros de diversión como Horiki, no tengo más que recuerdos amargos de mis relaciones; y para librarme de ellas me dediqué a hacer el bufón con toda mi alma, lo que me consumió las fuerzas. Si llego a encontrarme con un rostro conocido, o que le guarde cierta semejanza, tengo un tremendo sobresalto y me entra tal sensación de pánico que, durante unos momentos, me siento totalmente mareado. Sé que le caigo bien a la gente, pero imagino que carezco de la facultad de querer a los demás. Aunque, en el caso de los demás, me pregunto hasta qué punto son capaces de hacerlo. Siendo de este modo, no me extraña que no fuera capaz de sentir una profunda amistad; para colmo, incluso no tenía ni la habilidad para «hacer visitas».

Los lectores conocemos a Yozo a través de una narración muy íntima, cruda y deshumanizada respecto a elementos como el hambre, el frío, la protección o el miedo. Resulta curioso desentrañar las ideas más profundas de nuestro personaje mediante un proceso de deshumanización constante que, a su vez, nos lleva a preguntarnos sobre lo que verdaderamente es humano en nosotros mismos. Dentro de semejantes escenarios, las mujeres que se embarcan en la misión de mantener a Yozo y Horiki, un mal amigo, son las únicas personas con las que Yozo mantiene comunicación.

En el fondo, Horiki no me trataba como a un ser humano sino como a un deshonrado que escapó a la muerte, un fantasma imbécil, un cadáver viviente; y su amistad sólo consistía en utilizarme al máximo para sus placeres. Por supuesto, estos pensamientos no fueron nada agradables; pero, pensándolo bien, era comprensible que Horiki me viese de esa manera, ya que desde niño era indigno de ser humano, y quizá fuera muy razonable que hasta él me despreciara.

En varios grupos de literatura he encontrado que muchos suelen equiparar Indigno de ser humano con El extranjero, de Camus. Me parece que es una acción poco fundamentada, porque son obras muy diferentes pese a que aborden el conflicto del personaje ante la realidad que lo rodea. Mersault es un personaje indiferente ante el mundo, vacío de propósito y de rumbo ante una sociedad en la que sabe que no tiene sitio; de ahí que no se inmute por la muerte de su madre o por la condena tras el crimen que cometió sin motivación alguna. Yozo es un ser completamente distinto, me atrevería a decir que opuesto: su angustia nace de su propia incapacidad de congeniar con su especie, pero no deja de intentar sobreponerse a sus limitaciones pese a saber que no tendrá éxito. El personaje de Dazai es muy autocrítico, pero apasionado al punto de cuestionar al mundo y encajar a como dé lugar. El parámetro de comparación más evidente entre ambos personajes sigue siendo la muerte del progenitor: mientras Mersault nos dice que su madre murió hoy, o ayer, no lo sé; Yozo se da un tope contra la pared ante la muerte del padre:

Cuando supe sobre la muerte de mi padre, me sentí aún más deshecho. «Ya no está», pensé, recordando con nostalgia esa presencia que nunca dejó de atemorizarme; «Ya no está», y me di cuenta de que la urna de mis sufrimientos se había vaciado. Se me ocurrió que mi padre había sido el culpable del tremendo peso de esa urna de dolor. Perdí las ganas de luchar e incluso la capacidad de sufrir.

Dazai cierra su libro con un final que parece tratar de absolver al autor mismo. Luego de los tres cuadernos de notas redactados por su protagonista, llega al lector la voz de una de las mujeres con las que vivió Yozo, presentando en pocas pero contundentes palabras una percepción completamente diferente al retrato que teníamos de nuestro personaje. Un libro que vale la pena cuando buscamos aires de existencialismo que no sean así del todo.

 


Sobre el autor

Osamu Dazai (Kanagi, 1909 -Tokio, 1948), seudónimo de Tsushima Shuji, es uno de los escritores modernos más apreciados en Japón. Décimo hijo de una familia acomodada, Dazai estudió literatura francesa en la Universidad de Tokio. Desheredado por su padre a causa de una relación con una geisha de bajo rango y acuciado por su adicción a la morfina y el alcohol, Dazai intentó suicidarse en cuatro ocasiones. Autor de varios libros de relatos y de dos novelas, el reconocimiento no le llegaría hasta la publicación, tras la segunda guerra mundial, de Indigno de ser humano y El ocaso. En 1948, pocos meses después de la publicación de Indigno de ser humano y una semana antes de cumplir cuarenta años, se suicidó con su amante en Tokio arrojándose a un canal del río Tama.


El espacio trivial…

Dazai Osamu ha sido buena inspiración para la cultura popular nipona en más de una ocasión. Para propósitos de esta seudo-reseña, recomiendo encarecidamente dar un vistazo a Aoi bungaku, una serie producida en 2009 en la que se adaptan varias obras maestras de la literatura japonesa. Los primeros cuatro episodios corresponden a una adaptación bastante buena del libro que nos ocupa el post.

La otra recomendación, menos seria pero muy entretenida, es echarle un ojo a Bungô Stray Dogs, un manga que ha sido adaptado al anime en este año. Ya nos habíamos ocupado un poco de la serie en un repost de Kappa Bunko hace unos meses, pero ahora que he terminado la primera temporada del anime y he leído buena parte del manga, me gustaría recalcar esta recomendación. El personaje de Dazai Osamu no tiene desperdicio.


Dazai Osamu
Indigno de ser humano (2015)
Barcelona: Sajalín editores
124 pp.

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