Eduardo Galeano – Bocas del tiempo

Este libro ofrece una multitud de pequeñas historias que cuentan, juntas, una sola historia. Es una travesía por los temas más diversos: el amor, la infancia, el agua, la tierra, la palabra, la imagen, la música, el éxodo, el poder, el miedo, la guerra, la indignidad, la indignación, el vuelo…

Sus protagonistas aparecen y se desvanecen para seguir viviendo, historia tras historia, en otros personajes que les dan continuidad. Tejidos por los hilos del tiempo, ellos son tiempo que dice: son bocas del tiempo.

Eduardo Galeano es una de las voces latinoamericanas que no deben pasar desapercibidas para cualquier lector. Es conocido principalmente por Las venas abiertas de América Latina, uno de los mayores ensayos sobre la historia latinoamericana y que, sin embargo, el autor “no volvería a leer“.  De ahí que mi recomendación sobre Galeano vaya directamente a un libro menos politizado pero mucho más disfrutable.

Bocas del tiempo llegó a mis manos en los años de preparatoria, cuando uno de mis maestros comenzó a prestarme sus libros. Me sentía portadora de un sello de confianza inigualable llevando el libro bajo el brazo, gracias a mis propias convicciones respecto al préstamo de libros. Casi diez años después sigo impresionada por esa generosidad, pero me es imposible seguir ese ejemplo en la mayoría de los casos (mis libros sólo se han prestado a ciertos elegidos).

Este libro es una excelente manera para aproximarnos a Galeano sin incursionar en lecturas de difícil digestión o involucramientos apasionados con la política. Soy consciente de que el discurso de izquierda de Galeano es algo con lo que no muchas personas comulgan (yo sí), pero creo que escuchar voces disidentes a la nuestra es un paso inigualable en el camino del aprendizaje. Dicho lo anterior, no es de sorprendernos que los relatos publicados en Bocas del tiempo pasen de referencias míticas a milagros cotidianos y a narraciones sobre indignidad e injusticia, todo en espacios inferiores a dos páginas. No cabe duda que menos es más…

Para dejar una probadita, comparto tres de mis relatos favoritos. Pueden consultar el ebook aquí, pero está lejos de ser una buena edición del libro. También hay una selección narrada por el autor, que puede consultarse y descargarse libremente.


Historia clínica

Informó que sufría taquicardia cada vez que lo veía, aunque fuera de lejos.

Declaró que se le secaban las glándulas salivales cuando él la miraba, aunque fuera de refilón.

Admitió una hipersecreción de las glándulas sudoríparas cada vez que –él le hablaba, aunque fuera para contestarle el saludo.

Reconoció que padecía graves desequilibrios en la presión sanguínea cuando él la rozaba, aunque fuera por error.

Confesó que por él padecía mareos, que se le nublaba la visión, que se le aflojaban las rodillas. Que en los días no podía parar de decir bobadas y en las noches no conseguía dormir.

—Fue hace mucho tiempo, doctor — dijo —. Yo nunca más sentí nada de eso.

El médico arqueó las cejas:

—¿Nunca más sintió nada de eso?

Y diagnosticó: —Su caso es grave.


El sastre

Juró que iba a volar. Lo juró por todos los ojales que había abierto y los botones que había colocado y por los incontables trajes y vestidos y abrigos que había medido, recortado, hilvanado y cosido, puntada tras puntada, a lo largo de los días de su vida.

Y desde entonces, el sastre Reichelt consagró todo su tiempo a la confección de unas enormes alas de murciélago. Las alas eran plegables, para que pudieran entrar en la covacha donde él tenía taller y vivienda.

Por fin, al cabo de mucho trabajo, quedó lista esa complicada armazón de tubos y varillas de metal, toda recubierta de tela.

El sastre pasó la noche sin dormir, rogando a Dios que le regalara un día de viento. Y a la mañana siguiente, una mañana de aire fuerte del año 1912, subió a lo más alto de la torre Eiffel, desplegó sus alas y voló su muerte.


Prodigiosa burocracia

Sonia Pie de Dandré se levanta bien temprano, porque el trabajo obliga y también porque da gusto respirar el día cuando está recién nacido y huele a bebé.

Aquella mañana, ella caminó, cantando bajito, por las calles de Santo Domingo, mojadas de luz nueva, y estuvo entre las primeras de la cola, ante el mostrador donde se retiran los pasaportes. Cuando recibió el suyo, vio que entre los datos figuraba el color de la piel. Trigueña, decía el documento.

Sonia es negra, y eso no le parece nada mal. Pidió que se corrigiera el error. ¿Error?

En este país no hay negros le explicó el funcionario, negro, que había llenado los formularios.


Eduardo Galeano
Bocas del tiempo (2004)
México: Siglo XXI editores
347 pp.

 

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