Jorge Luis Borges – El Aleph

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal.

Saludos, lectores. Como parte de mi experiencia no-vacacional, decidí compartir los libros que me están acompañando este mes en una gran, gran aventura. Hoy se trata de uno de los libros sello con los que muchos identificamos a Jorge Luis Borges, a quien abordamos ampliamente hace algunas semanas.

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El Aleph fue publicado originalmente en 1949 y reeditado por el autor en 1974 para incluir otras narraciones. Es uno de esos libros que nos llevará en más de una ocasión a cuestionarnos a la realidad, admirarnos de las posibilidades del infinito y a asombrarnos ante la lógica detrás de objetos completamente inverosímiles. Se trata de uno de mis libros favoritos y desde que cuento con un ejemplar, éste me acompaña a casi cualquier parte.

¿Cuáles son los cuentos que integran El Aleph? Demos un vistazo con mi recurso favorito: ¡las citas! Prologar un cuento de Borges es un reto que no voy a asumir y que el mismo autor consideraba imprudente (“prologar cuentos no leídos aún es tarea casi imposible, ya que exige el análisis de tramas que no conviene anticipar”), por lo que dejaré que sea el mismo autor quien haga las referencias apropiadas.

Los títulos marcados con (*) fueron incorporados en la revisión de 1974.

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El inmortal

Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir.

Borges dixit: [esta historia] es la más trabajada; su tema es el efecto que la inmortalidad causaría en los hombres.

El muerto

Otálora nota las canas, la fatiga, la flojedad, las grietas de los años. Lo subleva que los esté mandando ese viejo. Piensa que un golpe bastaría para dar cuenta con él.

Borges dixit: Azevedo Bandeira, en ese relato, es un hombre de Rivera o de Cerro Largo y es tambén una tosca divinidad, una versión mulata y cimarrona del incomparable Sunday de Chesterton.

Los teólogos

Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de no conocerla hasta el fin; esa controversia le permitió cumplir con muchos libros que parecían reprocharle su incuria.

Borges dixit: De “Los teólogos” basta escribir que son un sueño, un sueño más bien melancólico sobre la identidad personal.

Historia del guerrero y la cautiva.

Imaginemos, sub specie aeternitatis, a Droctulft, no al individuo Droctulft, que sin duda fue único e insondable (todos los individuos lo son), sino al tipo genérico que de él y de muchos otros como él ha hecho la tradición, que es obra del olvido y la memoria.

Borges dixit: [la historia] se propone interpretar dos hechos fidedignos.

Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829 – 1874)

Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es.

Borges dixit: es una glosa de Martín Fierro.

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Emma Zunz

Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde?

Borges dixit: [este] argumento espléndido, tan superior a su ejecución temerosa, me fue dado por Cecilia Ingenieros.

La casa de Asterión

Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizás yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Uno de mis grandes favoritos, por supuesto. Advierto que el link puesto a continuación es el mayor spoiler posible (quizás omitiendo el nombre del personaje) sobre el cuento.

Borges dixit: A una tela de Watts, pintada en 1896, debo “La casa de Asterión” y el carácter del pobre protagonista.

La otra muerte

Con otra voz dijo que la guerra servía, como la mujer, para que se probaran los hombres, y que, antes de entrar en batalla, nadie sabía quién es. Alguien podría pensarse cobarde y ser un valiente, y asimismo al revés, como le ocurrió a ese pobre Damián, que se anduvo floreando en las pulperías con su divisa blanca y después flaqueó en Masoller.

Borges dixit: “La otra muerte” es una fantasía sobre el tiempo, que urdí a la luz de unas razones de Pier Damiani.

Deutsches Requiem

 En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, ya que de algún modo soy ellos.

Borges dixit: En la última guerra nadie pudo anhelar más que yo que fuera derrotada Alemania; nadie pudo sentir más que yo lo trágico del destino alemán; “Deutsches Requiem” quiere entender ese destino, que no supieron llorar, ni siquiera sospechar, nuestros “germanófilos”, que nada saben de Alemania.

La busca de Averroes

El temor de lo crasamente infinito, del mero espacio, de la mera materia, tocó por un instante a Averroes. Miró el simétrico jardín; se supo envejecido, inútil, irreal.

Borges dixit: [nada, nada de nada. Ay].

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El Zahir

Hoy es el 13 de noviembre; el día 7 de junio, a la madrugada, llegó a mis manos el Zahir; no soy el que era entonces pero aún me es dado recordar, y acaso referir, lo ocurrido. Aún, siquiera parcialmente, soy Borges.

Borges dixit: [véase “El Aleph”. Si no han leído este epílogo, seguramente se sorprenderán ante la brevedad].

La escritura del dios

Alguien me dijo: “No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable y morirás antes de haber despertado realmente”.

Borges dixit: “La escritura del dios” ha sido generosamente juzgada; el jaguar me obligó a poner en boca de un “mago de la pirámide de Qaholom”, argumentos de cabalista o de teólogo.

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Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto

— No multipliques los misterios — le dijo —. Éstos deben ser simples. Recuerda la carta robada de Poe, recierda el cuarto cerrado de Zangwill.

— O complejos — replicó Dunraven —. Recuerda el universo.

*Borges dixit: [véase el siguiente cuento].

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Los dos reyes y los dos laberintos

 Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres.

*Borges dixit: “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto” no es (me aseguran) memorable a pesar de su título tremebundo. Podemos considerarlo una variación de “Los dos reyes y los dos laberintos” que los copistas intercalaron en Las mil y una noches y que omitió el prudente Galland.

La espera

Tengo la obligación de obrar de manera que todos se olviden de mí. He cometido dos errores: he dado una moneda de otro país y he dejado ver que me importa esa equivocación.

*Borges dixit: De “La espera” diré que la sugirió una crónica policial que Alfredo Doblas me  leyó, hará diez años, mientras clasificábamos libros según el manual del Instituto Bibliográfico de Bruselas, código del que todo he olvidado, salvo que a Dios corresponde la cifra 231. El sujeto de la crónica era turco; lo hice italiano para intuirlo con más facilidad.

El hombre en el umbral

— El acusado aceptó al juez — fue la contestación —. Acaso comprendió que dado el peligro que los conjurados corrían si lo dejaban en libertad, sólo de un loco podía no esperar sentencia de muerte. He oído que se rió cando le dijeron quién era el juez. Muchos días y noches duró el proceso, por lo crecido del número de testigos.

*Borges dixit: La momentánea y repetida visión de un hondo conventillo que hay a la vuelta de la calle Paraná, en Buenos Aires, me deparó la historia que se titula “El hombre en el umbral”; la situé en la India para que su inverosimilitud fuera tolerable.

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El Aleph

Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir  los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?

Borges dixit: En “El Zahir” y en “El Aleph” creo notar algún influjo del cuento “The Crystal Egg” (1899) de Wells.


Jorge Luis Borges
El Aleph (2012)
México: Debolsillo
213 pp.

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