Augusto Monterroso: Beneficios y maleficios

Hoy, quiero compartir uno de mis ensayos favoritos en torno a Jorge Luis Borges. Publicado originalmente en la Gaceta del FCE (junio de 1996), lo encontré en el libro Borges y México, editado por Miguel Capistrán y del que hablaremos extensamente en otra ocasión. Augusto Monterroso dio en el clavo ante las experiencias de los lectores comunes ante las primeras experiencias con obra de Borges y concluye sus averiguaciones con una lista que – promocionando al estilo de Upsocl y otros sitios nefastos – te sorprenderá. La número 5 es muy especial.


Lo que prohíbe a las torpes moscas
lamer tus almuerzos
de un ave eximia fue la soberbia cola.
MarcialEpigramas

Cuando descubrí a Borges, en 1945, no lo entendía y más bien me chocó. Buscando a Kafka encontré su prólogo a La metamorfosis y por primera vez me enfrenté a su mudno de laberintos metafísicos, de infinitos, de eternidades, de trivialidades mágicas, de relaciones domésticas equiparables a mejor imaginado infierno. Un nuevo universo, deslumbrante y ferozmente atractivo. Pasar de aquel prólogo a todo lo que viniera de Borges ha constituído para mí (y para tantos otros) algo tan necesario como respirar, al mismo tiempo que tan peligroso como acercarse más de lo prudente a un abismo. Seguirlo fue descubrir y descender a nuevos círculos: Chesterton, Melville, Bloy, Swedenborg, Joyce, Faulkner, Woolf; reanudar viejas relaciones: Cervantes, Quevedo, Hernández, y finalmente volvera ese ilusorio paraíso de lo cotidiano: el barrio, el cine, la novela policial.

Por otra parte, el lenguaje. Hoy lo recibimos con cierta naturalidad, pero entonces aquel español tan ceñido, tan conciso, tan elocuente, me produjo la misma impresión que experimentaría el que, acostumbrado a pensar que alguien está muerto y enterrado, lo ve de pronto en la calle, más vivo que nunca. Por algún arte misterioso, este idioma nuestro, tan muerto y enterrado para mi generación, adquiría de súbito una fuerza y una capacidad para las cuales lo considerábamos ya del todo negado. Ahora resultaba que era otra vez capaz de expresar cualquier cosa con claridad y precisión y belleza; que alguien nuestro podía contar nuevamente e interesarnos nuevamente en una aporía de Zenón, y que también alguien nuestro podía elevar (no sé si también nuevamente) un relato policial a categoría artística. Súbditos de resignadas colonias, escépticos ante la utilidad de nuestra exprimida lengua, debemos a Borges el habernos devuelto, a través de sus viajes por el inglés y el alemán, la fe en las posibilidades del ineludible español.

Acostumbrados como estamos a cierto tipo de literatura, a determinadas maneras de conducir un relato, de resolver un poema, no es extraño que los modos de Borges nos sorprendan y que desde el primer momento lo aceptemos o no. Su principal recurso literario es precisamente eso: la sorpresa. A partir de la primera palabra de cualqueira de sus cuentos, todo puede suceder. Sin embargo, la lectura de conjunto nos demuestra que lo único que podía suceder era lo que Borges, dueño de un rigor lógico implacable, se propuso desde el principio. Así en el relato policial en que el detective es atrapado sin piedad (víctima de su propia inteligencia, de su propia trama sutil), y muerto, por el desdeñoso criminal; así en la melancólica revisión de la supuesta obra del gnóstico Nils Runeberg, en la que se concluye, con tranquila certidumbre, que Dios, para ser verdaderamente hombre, no encarnó en un ser superior entre los hombres, como Cristo, o como Alejandro o Pitágoras, sino en la más abyecta y por lo tanto más humana envoltura de Judas.

1229343_1177899_bienale_kafka___borges_sliva
Original en The genealogy of style

Cuando un libro se inicia, como La metamorfosis de Kafka, proponiendo: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto”, a lector, a cualquier lector, no le queda otro remedio que decidirse, lo más rápidamente posible, por una de estas dos inteligentes actitudes: tirar el libro, o leerlo hasta el fin sin detenerse. Conocedor de que son innumerables los aburridos lectores que se deciden por la confortable primera solución, Borges no nos aturde adelantándonos el primr golpe. Es más elegante o más cauto. Como Swift, que en los Viajes de Gulliver principia contándonos con inocencia que éste es apenas el tercer hijo de un inofensivo pequeño hacendado, para introducirnos en las maravillas de “Tlön” Borges prefiere instalarse en una quinta de Ramos Mejía, acompañado de un amigo, tan real, que ante la vista de un inquietante espejo se le ocurre “recordar” algo como esto: “Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”. Sabemos que este amigo, Adolfo Bioy Casares, existe; que es un ser de carne y hueso,  que escribe asimismo fantasías; pero si así no fuera, la sola atribución de esta frase justificaría su existencia. En las horrorosas alegorías realistas de Kafka se parte de un hecho absurdo o imposible para relatar enseguida todos los efectos y consecuencias de este hecho con lógica sosegada, con un realismo difícil de aceptar sin la buena fe o sin la credulidad previa del lector; pero siempre tiene uno la convicción de que se trata de un puro símbolo, de algo necesariametne imaginado. Cuando se lee, en cambio “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, de Borges, lo más natural es pensar que se está ante un simple y hasta fatigoso ensayo científico tendiente a demostrar, sin mayor énfasis, la existencia de un planeta desconocido. Muchos lo seguirán creyendo durante toda su vida. Algunos tendrán sus sospechas y repetirán con ingenuidad lo que aquiel obispo de que nos habla Rex Warner, el cualrefiriéndose a los hechos que se relatan en los Viajes de Gulliver, declaró valerosamente que por su parte estaba convencido de que todo aquello no era más que una sarta de mentiras. Un amigo mío llegó a desorientarse en tal forma con “El jardín de senderos que se bifurcan”, que me confesó que lo que más le seducía de “La biblioteca de Babel”, incluído allí, era el rasgo de ingenio que significaba el epígrafe, tomado de la Anatomía de la melancolía, libro según él a todas luces apócrifo. Cuando le mostré el volumen de Burton y creí probable que lo inventado era lo demás, optó desde ese momento por creerlo todo, o nada en absoluto, no recuerdo. stewart_borges2

A lograr este efecto de autenticidad contribuye en Borges la inclusión en el realto de personajes reales como Alfonso Reyes, de presumible realidad cmo George Berkeley, de lugares sabidos y familiares, de obras menos al alcance de la mano pero cuya existencia no es del todo improbable, como la Enciclopedia británica, a la que se le puede atribuir cualquier cosa; el estilo reposado y periodístico a la manera de De Foe; la constante firmeza en la adjetivación, ya que son incontables las personas a quienes nada convence más que un buen adjetivo en el lugar perfecto.

Y por último, el gran problema: la tentación de imitarlo era casi irresistible; imitarlo, inútil. Cualquiera puede permitirse imitar impunemente a Conrad, a Greene, a Durrell; no a Joyce, o a Borges. Resulta demasiado fácil y demasiado evidente.

El encuentro con Borges no sucede nunca sin consecuencias. He aquí algunas de las cosas que pueden ocurrir, entre benéficas y maléficas.

  1. Pasar a su lado sin darse cuenta (maléfica).
  2. Pasar a su lado, regresarse y seguirlo durante un buen trecho para ver qué hace (benéfica).
  3. Pasar a su lado, regresarse y seguirlo para siempre (maléfica)
  4. Descubrir que uno es tonto y que hasta ese momento no se le había ocurrido una idea que más o menos valiera la pena (benéfica).
  5. Descubrir que uno es inteligente, puesto que le gusta Borges (benéfica).
  6. Deslumbrarse con la fábula de Aquiles y la Tortuga y creer que por ahí va la cosa (maléfica).
  7. Descubrir el infinito y la eternidad (benéfica).
  8. Preocuparse por el infinito y la eternidad (benéfica).
  9. Creer en el infinito y la eternidad (maléfica).
  10. Dejar de escribir (benéfica).
Anuncios

5 comentarios

  1. ¡Qué atinada esa observación: “estamos acostumbrados a determinadas maneras de conducir un relato”! A mí me pasó esa “extrañeza” con Juan Rulfo… Borges, por el contrario, siempre resonó profundamente con mi sensibilidad… o mi manera de resolver sus escritos. ¡Gran entrada!
    Besotes ❤

    Le gusta a 1 persona

    • Mi relación con Borges fue similar a la de Monterroso: al principio no entendí nada… pero estaba en quinto de primaria, fue mucho para mi entendimiento :p
      Lo retomé en secundaria y desde entonces no he podido dejarlo, lo que a juicio de Monterroso, seguramente es algo maléfico.
      ¡Gracias por pasar! Abrazote 😀

      Le gusta a 1 persona

Tus comentarios evitan que un poodle termine en la calle...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s