Amado Nervo – El sexto sentido

Saludos, lectores. Hoy es aniversario luctuoso de Amado Nervo (1870-1919), escritor mexicano. Estudió en el Seminario de Zamora. Se inició en el periodismo en Mazatlán. En la Ciudad de México se dio a conocer en revistas y diarios. Ingresó a la carrera diplomática y residió en Madrid y París. Colaboró, entre otras, en la Revista Azul de Manuel Gutiérrez Nájera y en la Revista Moderna.

Aunque los trabajos de Nervo más difundidos son de carácter poético, también escribió ciencia ficción. Por eso, me pareció pertinente compartir una de estas narraciones, esperando que la disfruten tanto como yo.

I

-La humanidad, amigo mío- dijo el sabio-, ha rondado hace siglos alrededor de ese muro invisible que le esconde el futuro, sin acertar jamás a salvarlo, para ver lo que acontece del otro lado, a pesar de su infinita curiosidad. Quizá debe ser así, quizá no debamos quejarnos de esto. ¡Quién sabe si el hombre no está preparado aún para ver las cosas que se encuentran más allá del hoy! ¡Imagínese usted el terror, el desconcierto, el desaliento que se apoderarían de nosotros si vislumbrásemos nuestro destino! ¡Quién tendría ánimos para seguir viviendo! El fantasma de la muerte se erguiría implacable cerrándonos el paso… Caeríamos en la desesperación. Cuando el hombre sea más sabio, más sereno, más fuerte, sus sentidos se afinarán de tal manera, que le será dado ver, por fin, lo que está detrás del muro enigmático… Este muro -continuó el doctor- no es, por lo demás, tan cerrado e impenetrable como se supone. Hay grietas, hendiduras por donde puede uno asomarse y atisbar algo; por donde de hecho se han asomado los profetas, los visionarios, las pitonisas, las sibilas… Lo inconsciente y lo consciente están ligados por un tenue pasadizo… Ciertos seres privilegiados se aventuran en él y vislumbran con más o menos certeza las arquitecturas vastas del porvenir, como desde un balcón se presiente el dédalo de las calles y palacios de la ciudad en tinieblas…

-¿De suerte que usted insinúa la posibilidad de que todos veamos el futuro?

-Ya lo creo; y antes de dos siglos, buena parte de la humanidad, los más afinados, lo verán sin duda… Ahora mismo, dados los adelantos admirables de la histología, un Ramón y Cajal…, yo mismo, vamos, podría acaso dar a un cerebro, mediante operación relativamente sencilla, esa facultad de percatarse del mañana, de conocerlo, de verlo con la misma visión clara y precisa que se ve el ayer… Esto nada tiene, en suma, de extraordinario- siguió el doctor, sonriendo de la expresión de asombro que advertía en mi semblante- ¡Quién sabe si, desplazando ligeramente un lóbulo cerebral, si orientando de diferente modo la circonvolución de Broca, o desviando un haz de nervios, como asienta un perspicaz pensador, se lograría el milagro!… ¿Pero habría hombre que se atreviese a ponerse en nuestras manos para esa operación?

-Sí que lo habría, doctor- exclamé yo con vehemencia-; sí que lo habría, y aquí lo tiene usted a sus órdenes… Es decir, aquí me tiene usted.

-¡Cómo! ¿Sería usted capaz…?

-Ya lo creo… ¿Pero usted no sabe que hace muchos años, una curiosidad inmensa, la curiosidad del misterio, me abrasa las entrañas? Yo no vivo sino para interrogar a la esfinge, rabiosamente… Solo que la esfinge no me responde…

-Y si sustituye usted su felicidad…, su relativa felicidad actual, por un infierno, tal como no lo soñó Dante…, si va usted a padecer el suplicio inefable de ver acercarse el mal, la desgracia, la catástrofe, con toda claridad y evidencia, sin poder evitarlos…, ¿se imagina usted la situación de un pobre hombre que estuviese ligado fuertemente a los rieles de un ferrocarril, y que viese avanzar, implacable, la locomotora, que vendría a triturarlo, a desmenuzarlo, a untarlo sobre la vía, sin poder siquiera moverse un ápice, desviarse ni el espesor de un cabello? Pues poco más o menos sería esa la situación del hombre que viese el porvenir, más espantosa aún por más lenta… Esto, en cuanto a las catástrofes. Las alegrías futuras, que con su expectación podrían compensarle de tales horrores, también le atormentarían a su manera; es decir, que nuestro mártir viviría devorado por la impaciencia de la dicha ventura, cuya llegada no le sería dable anticipar… Sería un alma como la novia que espera una cita con ansiedad inmensa, y que no puede adelantar la hora en el reloj tardo e implacable. Otro motivo, y muy grande, de cuita consistiría en prever la desaparición de los que amamos. Imagínese usted por un momento que, joven como es usted (veintiocho años apenas, ¿no es cierto?), se ha unido por amor, un amor infinito, a la mujer de sus ensoñaciones; que su vida, al lado de ella, es el paraíso por excelencia; y que gracias a la maldita facultad de ver el futuro, adquirida merced a la operación que yo le haría, empieza a ver a la amada palidecer levemente dentro de un año, dentro de dos o tres años, ir languideciendo todos los días sin remedio, y por fin morir en sus brazos… En vano, espantado, se volverá usted hacia el presente, se refugiará temblando en el hoy delicioso, en vano se echará en los brazos de la esposa dilecta: la visión persistirá, porque no es cosa del ensueño ni de la pesadilla, sino la definición precisa del hecho futuro, del hecho existente ya; porque, en realidad, todo: el pasado, el presente y el futuro, existen de una manera simultánea en el mismo plano, en la misma dimensión; solo que nuestra visión actual está limitada a una zona, como está limitado nuestro oído, que no percibe más que cierta amplitud de vibraciones, y nuestro ojo, que no ve más que ciertos colores… ¡Eh!, ¿qué piensa usted de ese tormento que le he descrito?

-¡Que sería inquisitorial, amigo mío; de un horror sicológico superior a todos los cuentos de Poe…, pero que no me arredra! El prestigio de la situación es tal, a pesar de la angustia inenarrable que trae aparejada, y tal la novedad del caso, que en mí puede más la curiosidad que el miedo…

-Pero ¿habla usted en serio?- exclamó el sabio con un tono de voz que yo no le conocía-. Mire usted que, para la ciencia, sería este experimento de que hablamos de un valor incalculable; mire usted que cambiaría el eje moral e intelectual del mundo; mire usted que el sabio que realizase con éxito este experimento, se volvería casi un dios…

-Pues inténtelo usted, doctor- le repliqué, estremeciéndome, sin embargo, a pesar mío-; aquí tiene usted un sujeto decidido, un paciente dócil… Si se logra en mí la mutación, ambos compartiremos la gloria; usted, realizando el milagro, y yo, gracias a mi temeridad inmensa, pudiendo decir al mundo sus destinos… Seré un vidente mayor que todos los profesionales, un oráculo superior a todos los oráculos; nunca en Delfos se agolparían las multitudes ansiosas como se agolparán a mi puerta, invadidas por el estremecimiento del enigma…

-La ciencia, amigo mío- dijo el doctor, con la misma voz de matiz grave y austero-, le deberá a usted más que ha debido a hombre alguno… Pero, francamente, dudo que, llegado el momento, usted tenga el valor…

-Hace usted mal en dudarlo, doctor. Yo soy así, temerario, quizá por el deseo inmenso de sensaciones nuevas que maten el espantoso tedio de mi vida; quizá por orgullo, por la vanidad de las situaciones excepcionales…, ¡qué sé yo!… Pero jure usted que si, por ejemplo, se inventase un vehículo para ir a una estrella, y se buscase un hombre capaz de ensayarlo, sería yo ese hombre, aun a sabiendas de que jamás volvería a la tierra, de que por cualquier error en los cálculos podría quedarme en el espacio, rondando alrededor de un astro, e incapaz de abordarlo…

-Comprendo su estado de ánimo, y veo con inmenso placer que es usted mi hombre. Haremos, pues, un pacto, un gran pacto, único en la historia del mundo, y usted se sujetará a la prueba. Pero antes he de ensayar, no una, sino cien veces, esta operación en animales diversos, especialmente en monos y en perros; claro que no van ellos a poder decirme si ven el futuro, pero habrá indicios seguros, aun procediendo de sus cerebros embrionarios; y además, lograré saber con certidumbre dos cosas: la primera, que la operación es practicable sin peligro alguno de la vida, y segunda, que no trae como consecuencia la locura.

-Ensaye usted, doctor, cuanto guste; y así que esté seguro de la pericia y firmeza de su mano, dígamelo, para ir a extenderme sobre la mesa de su clínica, de donde he de levantarme sabiendo tanto como los dioses…

-De acuerdo- exclamó sencillamente el doctor.

Y nos estrechamos la diestra, con la decisión grave y casi teatral de quien sella un compromiso inmenso.

II

No voy a describir la operación de que fui objeto, los preliminares requeridos, las precauciones sin cuento que la precedieron, el malestar indefinible que la siguió, los días de fiebre y de semiconsciencia que pasé extendido en el lecho, las solicitudes, más que piadosas, llenas de curiosidad de los que me rodeaban, y el pasmo del doctor, y su expresión a la vez de miedo y de triunfo cuando empezó a palpar los resultados de su obra. Algo he de dejar a la imaginación de quien me lea, y dejo este período de crepúsculo, de alba, mejor dicho, seguro de que la fantasía ajena completará mi historia con más colorido que la descripción propia.

Empezaré, por tanto, a relatar lo que sentí y vi en cuanto la primera hebra de lucidez se coló a mi espíritu.

Es claro que este vi se refiere a una visión interior, pero material, ya que estaba por imágenes constituida.

Mi situación era análoga a la de un hombre que se encontraba en la cima de una montaña, y viese desde ella, de una parte, el camino recorrido, de la otra el camino por recorrer. Solo que aquí, esos dos caminos estaban llenos de cosas y figuras, no en movimiento, sino inmóviles, a lo largo de los mismos. Es decir, que mi vida, ante la clara contemplación interior, se hallaba partida en dos porciones por el presente, en dos panoramas, mejor dicho, cada uno de los cuales, sin confusión, sin enredo ninguno, se desarrollaba dentro de una variedad que era unidad y una unidad que era variedad. Imposible expresar esto (y de ello me duelo y me desespero) sino con imágenes inexactas tomadas del diario vivir nuestro y de la vieja normalidad de las cosas que nos rodean; pero ¡qué remedio, pues que no tenemos ni vocabulario ni imágenes para descripciones de tal manera extraordinarias! Contentémonos, por tanto, con la mísera deficiencia de los recursos familiares.

Los sucesos futuros, las personas en juego con ellos, las cosas a ellos relativas, el escenario en que debían realizarse, todo estaba delante de mí en perspectiva admirable, y la sucesión de los hechos diversos se me revelaba por la reproducción del mismo hecho, con las variantes y las progresiones necesarias. Por ejemplo (esta palabra por ejemplo, odiosa traducción de nuestra impotencia para expresar lo inefable, me choca y molesta sobremanera, pero hay que emplearla) veía yo el futuro como se ven las tiras de papel de kinetoscopio. Supongamos que se tratase de la caída de un hombre desde un balcón. Primero veía al hombre en el momento de desprenderse, luego desprendido, después agitándose en el aire, en seguida estrellándose en la acera. Imaginemos que se tratase de un derrumbamiento: pues veía, primero, la casa en pie, luego agrietándose, después estremeciéndose, al fin desplomándose, como si fuesen, no una, sino varias casas extendidas en estas diversas circunstancias a lo largo de un plano inmenso…

En cuanto a mí, me contemplaba en todos los actos futuros y sucesivos de mi vida; era aquella una muchedumbre inmensa de yos, pero que, por razones que escapan a toda explicación, ni se atropellaban ni confundían, cabiendo todos en el plano ideal de que he hablado. Yo ahora, yo mañana, yo comiendo, yo durmiendo, yo enfermo, yo en plena labor… y a lo lejos, como envuelto en tenuísima bruma, yo siempre, pero más maduro…, más viejo, en unión de hombres y mujeres conocidos y desconocidos, de perspectivas de cuidades, de campos, de habitaciones…

Por último, en una lontananza que no estaba constituida precisamente por la distancia, sino por la muchedumbre de estados, de actos, de situaciones diversas, mi camino expiraba en vaguedades indecibles; y el panorama, sin aquella como teoría inmóvil de seres y de cosas conmigo relacionadas, continuaba imborrable, lleno de figuras, de formas varias, de acciones por ejecutarse.

Cosa más peregrina aún: desde el momento en que, extendido en mi lecho, había comenzado a vislumbrar estas perspectivas, estos panoramas, los primeros términos del paisaje interior iban acercándose, como una gran cinta móvil…, como un camino poblado de infinitud de fantasmas que viniesen hacia mí… Solo que, observando un poco, bien pronto caía en la cuenta de que aquello era inmóvil, y de que sufría yo ilusión idéntica a la del viajero del tren, que cree que andan los árboles y las casas y que desfilan frente a él. En realidad, me fue fácil darme cuenta en breve de que yo, animado por un movimiento incomprensible, que no se efectuaba a través del espacio, sino de una dimensión desconocida, iba hacia toda aquella ordenada muchedumbre de actos, de seres y de cosas disímiles. Pasaba yo, no al lado, sino como a través de cada uno de ellos; me iba como metiendo fluídicamente dentro de los yos que estaban escalonados en el camino, y ejecutando los actos previstos; los cuales no desaparecían porque yo los ejecutase, sino que sencillamente tomaban diversa posición con respecto a mí mismo, de suerte que ya no me era dable tocarlos, poseerlos, identificármelos, pero sí verlos en perspectiva distinta, que iba en sentido opuesto, hasta llegar en brumosos panoramas a mi infancia y a mi nacimiento…

Lo que más me sorprendía de aquella interior visión, era que no me inquietase en lo más mínimo; que me pareciese, por el contrario, no solo natural, sino consustancial a mí, en sumo grado. Al principio me contenté con divagar a través de las diversas perspectivas, perezosamente, sin interesarme en ninguna sucesión especial de hechos, pero después fui como aclarando mi visión, como desmadejándola y definiéndola, y entonces pude seguir los hilos, no solo de mi propia vida, sino de muchas ajenas, pues a medida que más insistía en ver, se ampliaban más los planos…

Mi asiduidad hizo que mirase en relativamente cercano devenir una vida, que suavemente empezaba en no sé qué recodo del futuro a unirse con la vida mía. Era una mujer, era un rostro…, era un fantasma, pero lleno de precisión y de prestigio.

Primero, el camino que parecía seguir era paralelo al mío; luego, iba orientándose hacia mi camino; y, por fin, los dos se confundían en uno que ondulaba entre flores… Pero -¡oh angustia presentida ya por el sabio, antes de practicar la operación maravillosa de que había yo sido objeto!- las dos vidas se desunían en determinado punto del sendero, y aquella mujer desaparecida para siempre, dejándome continuar solo el camino…

Cuando comencé a verla en esa zona luminosa de futuro que se extendía ante mi visión interior, estaba todavía lejos. Su infancia transcurría en un sitio delicioso. Era una villa, un castillo, mejor dicho, rodeado de inmenso parque y enclavado sobre una eminencia que descendía en ondulaciones verdes y suaves, hasta muy cerca de una playa amplísima donde morían cantando las ondas azules y sonoras del mar…, ¿de qué mar?

Aquel paisaje lo mismo podía ser de Biarritz que de Trouville, de Niza que del Mar del Plata… Lo indudable era que yo lo conocía, que había estado alguna vez allí.

Los primeros días de mi convalecencia los pasé con el alma vuelta todo hacia la visión futura, hacia la rapaza adorable, más adorable a medida que más la contemplaba, en aquella como lontananza gris perla, levemente dorada, en que su silueta rítmica parecía moverse.

Y contemplándola pasábame las horas muertas, sin querer ver ya más que a ella y en ella pensaba continuamente, esquivando responder a las preguntas curiosas de las enfermeras y del médico, que, ansioso de palpar los resultados de su audaz operación, venía muy a menudo a verme.

Todo me era tedioso en el desabrimiento de mi convalecer, menos aquella silueta armónica que, sin presentir siquiera mi existencia, triscaba por los prados y entre los árboles… o presintiéndola quizá…

Sí, presintiéndola quizá, porque una tarde dejó el juego y, apartándose de una amiguita suya, fue a sentarse en un poyo sombreado por copudo árbol. Allí quedóse pensativa, con la mirada vaga… y, de pronto, sus ojos se clavaron en mí. ¿Cómo? No acertaré a decirlo: aquella mirada era un absurdo, un imposible…, pero sus ojos se habían clavado en los míos, segura, indudable, indefectiblemente. Yo sentía derramarme por mi espíritu su mirada, y mis ojos sabían que sus ojos estaban fijos en ellos, y sabían, además, por una sensación como de rechazo fluídico, que los de ella, profundamente azules, recibían a su vez su choque místico… Sí, por algunos instantes, aquella mujer que me estaba destinada, aquella niña que iba a amarme más tarde, y yo nos vimos a través del tiempo, con la misma precisión que si nos separase solo el alféizar de una ventana florida…

…Después, la jovencita volvió a sus juegos, y ya no tornó a ponerse pensativa, y ya no me vio más en aquel día…

III

Al siguiente día, el médico, impaciente y nervioso ante mi silencio, se resolvió por fin a interrogarme de una manera directa, aprovechando la ausencia de los enfermos.

-¿Cómo se siente usted?- me preguntó.

-¡Perfectamente!- le respondí con sequedad.

-¿No sufre usted?

-No sufro.

-¿Ve usted?

-Veo.

-¿Todo?

-Absolutamente todo…

-¿Y experimenta usted alguna sensación desagradable?

-Al contrario…

-Se diría, sin embargo, que me guarda usted rencor…

-De ninguna manera…

-Entonces, ¿por qué esquiva usted toda explicación?

-Porque en estos momentos soy feliz, infinitamente feliz con lo que veo, y no quiero apartar de esta visión mi retina interior.

-¿Cuándo me lo dirá usted todo?…

-Más tarde; piense usted que aún vacilo en este dédalo de sensaciones contradictorias, que aún no me oriento. El mundo que se me revela es inmenso, indescriptible… Déjeme usted coordinar mis ideas. Por ahora, bástele saber que ha triunfado usted, que logró cuanto se proponía, que su operación ha tenido un éxito maravilloso, que veo el porvenir, el mío y el de los demás, pero el mío especialmente por la claridad con que contemplo mi pasado… Mas necesito adaptarme a este nuevo plano, a este nuevo universo… y, sobre todo, quiero estar solo con mi fantasma.

-¿Con su fantasma?…

-Sí, doctor, con mi fantasma, con mi adorado fantasma… Estoy enamorado de una, ¿cómo llamarle?…, de una posibilidad; no, digo mal: estoy enamorado de una imagen, pero de la imagen de una criatura viviente… Estoy…, pero no me pregunte usted nada, porque toda explicación profanaría la divina realidad de mi ensueño… Déjeme usted tranquilo aquí, como me hallo, frente a esta gran ventana que da al jardín de la clínica, y por donde se cuelan hálitos capitosos de primavera. Ordene usted a los enfermeros que no me hablen; dígales que necesito para reponerme mucho silencio; mucho silencio y mucha paz… Y usted no me interrogue…, en nombre de nuestra amistad.

Vi en la perplejidad del doctor que no comprendía (ni cómo había de comprender) mis palabras; pero, a fuer de hombre discreto, accedió sonriendo a lo que le pedía, y me dejó tranquilo. Los enfermeros, por su parte, no me molestaron más. Acercábanse únicamente para alimentarme, y lo hacían en silencio, alejándose en cuanto su presencia dejaba de ser indispensable para este u otros menesteres.

Empezó, pues, para mí, desde entonces, una vida única, paradisíaca. Absorto ante mi futuro, con la misma devoción con que los viejos se engolfan en su pasado, ya no más abría los ojos. El presente me era tedioso, y su desabrimiento parecíame mayor cada día. Mi solo consuelo consistía en sentir que un movimiento inexplicable y misterioso me acercaba a mi amada. Y a medida que me iba acercando, abarcaba, por decirlo así, más porción del camino futuro, y la veía mejor. Podía deliberadamente (y esta era una de las condiciones más apetecibles de mi actual estado) detener mi mirada interior donde me placía, ya en una, ya en la otra etapa del futuro; de suerte que un día, por ejemplo, complacíame en contemplarla en sus juegos infantiles, en ese límite de oro en que va a acabar el ángel y a empezar la mujer; otras veces iba más hacia adelante, allí donde su vida estaba ya muy cerca de la mía, y quedábame en éxtasis antes sus nacientes encantos de moza, ante las insinuaciones suaves y prometedoras de la curva, que después era deleite de los ojos y el sentido. Llegaba hasta la intersección de nuestras vidas…, y allí deteníame para no anticiparme y empequeñecer así el máximo goce futuro, no de otra suerte que como, cuando leemos un libro interesante, esquivamos hablar con quien lo ha recorrido ya, y aun le suplicamos que no nos revele el desenlace. Solo, sí, me saturaba el alma del encanto y del perfume de aquella existencia, que aún no aparecía en mi camino, pero que podía ver yo, único entre todos los hombres, gracias a la metamorfosis sorprendente operada en mi sensorio.

Ella, en tanto, seguía marchando inconsciente, risueña y juguetona, hacia la inevitable cita que le había dado el destino para arrojarla a mis brazos. Ajena a todo, solo de cuando en cuando esa enigmática sensación interior que se llama el presentimiento le agitaba el corazón, y acaso le dibujaba mi imagen allá en el fondo del alma… Entonces la ideal criatura suspendía sus juegos como en aquella tarde, y se sentaba pensativa en el banco de piedra, con los ojos clavados en un punto hipotético. Era en ese instante cuando nuestras miradas se encontraban a través del tiempo, produciéndose una turbación arcana, indecible, profunda…

Decir que este oso a la Quimera de hoy, pero realidad de mañana, que este flirt con un futuro de mujer es inexpresable, no es decir nada; afirmar que no hay palabras con qué describirlo, es ensuciar, opacar con clisés estúpidos la intangible verdad del ensueño. Yo no creo que ningún dios haya gozado lo que yo gozaba amando aquello que debía venir; no creo que en vida humana haya habido jamás el delicioso refinamiento de la mía; no imagino que las aventuras raras de la historia hayan tenido nunca la rareza de mi sin par aventura.

Era yo como un Tántalo al revés. Complacíame en ansiar el bien que forzosamente debía pertenecerme; en tener sed del agua mística y milagrosa, que solo para mí se despeñaba ya de las montañas del Ideal, y corría sonante y cristalina hacia mi boca… Pero un día, a la beatitud empezó a suceder cierta leve impaciencia… A fuerza de ver y amar a aquella criatura, un vivo anhelo de poseerla, el viejo deseo, padre de la especie, empezó a morder cruelmente mis entrañas. Medía el camino que nos separaba aún, y lo encontraba más largo de lo que ansiaba mi anhelo. La certidumbre absoluta de que todo esfuerzo sería vano para anticipar los acontecimientos, acrecía mi deseo de posesión y, al fin, este se convirtió en una fiebre, lenta primero, furiosa después… Una para mí visible cadena de sucesos, de hechos, de actos, me separaba de mi amada. Nadie en el mundo, ningún arbitrio, ningún conjuro era bastante a hacer más corta esta cadena. Lo que había de suceder sucedería, con la implacable lentitud de su concatenación rigurosa. Yo podía, único hombre sobre el haz de la tierra, ver mi futuro, pero no acercarlo ni en el espesor de un cabello…

Que ella habría de venir hacia mí, era un hecho absoluto; pero que no llegaría sino a su tiempo y sazón, era absoluto también.

Tales consideraciones no hicieron más que enardecer mis deseos, que llegaron hasta el paroxismo. Horas enteras pasé llamando a mi intangible niña, que jugaba, se reposaba, soñaba, delante de mí, en una misteriosa aunque distinta lejanía, haciéndole signos que no podía ver…, diciéndole ternezas que no podía oír…

-Ven -exclamaba-; ven ya, amor mío, salva estas vanas lindes de la infancia, burla como yo la engañifa del tiempo, rompe los muros invisibles que nos separan, y échate en mis brazos, en mis brazos que te aguardan, que corren, mejor dicho, hacia los tuyos, como dos alas abiertas, y que desesperan de llegar…

Pero la silueta lejana continuaba insensible. ¡Qué medio hostil nos separaba!; ¡qué muro de diamante era aquel, conductor de la luz, cómplice de la visión, pero refractario a toda voz y a todo eco!…

Sin embargo, una noche, ¡oh, lo recuerdo!, la niña dormía en actitud angélica, a tiempo que yo decíale las cosas más cálidas y acariciadoras que el amor humano ha podido encontrar en los tesoros del idioma, y de pronto, a un grito mío de ternura, más intenso y delirante que los otros, abrió los ojos, se incorporó inquieta, apoyando su cabecita adorable en la diestra, permaneció algunos minutos mirando hacia el futuro, de donde le venían mis voces lejanas, tan insinuantes y poderosas que habían logrado traspasar el muro aquel, burlar la lógica del tiempo y llevar a su oído de virgen, confusas quizá, pero con fuerzas suficientes para despertarla de su sueño.

IV

Al cabo de cierto tiempo llegó, empero, mi angustia a ser de tal manera insoportable, que resolví no ver más hacia aquella zona luminosa en queía, antes de pertenecerme, la vida que me estaba destinada, y procuré entretenerme viendo venir los hechos inmediatos, examinando los mañanas de cada hoy; pero entonces caí en un desaliento grande, porque todo empezó a perder su interés para mí. Muchas ideas que me parecían importantes, muchas acciones ejecutadas en otro tiempo hasta con énfasis, se perdían con sus consecuencias en un futuro cercano, sin haber servido de nada, sin dejar la menor estela, sin reforzar posibilidad alguna… ¡Qué pocas cosas, de las que hacemos con tanto afán los hombres, me parecían dignas de haberse ejecutado! ¡Literatos y artistas que habían sacrificado todo al bombo, desaparecidos en absoluto unos cuantos días después de muertos en la memoria de los hombres! ¡Capitalistas que ahora pasaban la pena negra para aumentar en algunas ruedas de oro o en algunas acciones su acervo, arruinados mañana y despreciados por aquellos a quienes habían negado todo servicio! ¡Viudas archiconsoladas en breve; señoritos elegantes, estafando algunos años después fuertes sumas; toda la miseria y la necedad del hoy, comprobada por el mañana implacable!

¡Cuánto desperdicio de hechos, de sucesos, de actos humanos para obtenerse una mínima consecuencia en el porvenir! Y por lo que respecta a los hombres, ¡cuántos, pero cuántos, absolutamente inútiles! El genio de la especie no aprovechaba en el futuro, de cada millón, más que uno o dos; pero era claro que sin ese millón, el uno o dos individuos útiles no podían existir. Se advertían, pues, claros, los designios inmediatos de la naturaleza: producir mucha gente, una densísima masa humana, para durar, a pesar de todo lo aleatorio de la vida; y obtener, de esta enorme masa unos cuantos individuos tipo, de los que solo se logran merced a innumerables coincidencias y circunstancias felices, y que colaboran con el Genio de la especie al mejoramiento y a la grandeza de la misma…

¡Y qué ridicula me parecía la petulante solemnidad de tantos y tantos hombres que conocía yo, siempre pagados de sí mismos, siempre engreídos de su importancia, acumulando empleos y honores vanos, mientras en los confines de la miseria se debatían con todos los horrores y todas las angustias, pulimentando así su espíritu para más tarde, seres que eran la verdadera flor y nata de la humanidad porque estaban destinados a cepa de semidioses!…

¡Cuántos infelices vi despreciados por la pomposa suficiencia de nulidades, dando origen, a través de solo tres o cuatro generaciones, a inventores sorprendentes, a reformadores admirables, a pastores de pueblos…, mientras que los otros, los orgullosos, solían acabar a través de las mismas generaciones, en un hospital o un manicomio, en las personas de nietos y bisnietos epilépticos, paralíticos, imbéciles!…

¡Cuán noble y alta me pareció entonces la justicia, esa justicia distributiva de que antes había yo llegado a dudar! El espíritu humano necesitaba en absoluto el pulimento del dolor. Los cristianos hacían bien en considerar el dolor como la predestinación más alta. No sufrían mucho en la vida sino las almas de diamante destinadas a altos fines, las capaces de soportar el fuego; las almas de lodo, en cambio, eran tan felices en su epicureísmo como el cerdo: Epicuri de grege porcum… Y si los desheredados o los tristes de la vida hubiesen podido ver como yo la grandeza futura de su estirpe, la glorificación de su actual esfuerzo, la divinización de su dolor actual, la importancia de este dolor para mejorar el mundo, de seguro que todos hubieran caído en éxtasis.

En cuanto a los poderosos de la tierra, de fijo que al vislumbrar lo que yo vislumbraba, no de la eternidad, sino del simple futuro, de su bienestar, del plato de lentejas por el que trocaban su primogenitura, se habrían apresurado a desprenderse de todo, absolutamente de todo, y adoptar amorosísimamente la penuria, el abandono, el frío y la soledad de los genios y de los santos.

La humanidad vivía atada a la tierra con una cadena de oro y engañada por el oro mismo, presumiendo que solo dentro de ese torbellino de metal era posible la vida. En un siglo de progreso desigual, en un período de mercadería, el hombre iba animalizándose lentamente, sin una brizna ya de energías íntimas para las cosas esenciales, para la contemplación del universo. Y como procuraba pulir y afinar su espíritu para volverlo indestructible, inmortal, solo su oro le sobrevivía y eso en manos de otros (¡cuán otros, sí!), de aquellos por quienes había trabajado, penado y sufrido desvelos. Y a poco andar, el oro ya no era nada, ya no valía nada, ni significaba nada. El mundo, llegado a una etapa muy avanzada de desenvolvimiento, ni memoria tenía de que hubiese existido la moneda. Y todo el trabajo, toda la fatiga de los siglos, todo el odiar y llorar y anhelar por el oro y para el oro, aparecían entonces inútiles y ridículos, y lo único serio era el pensamiento de los hombres, hecho todo de inmaterial luz y de excelso ensueño…

Resueltas las necesidades primordiales de la especie, esta se angelizaba a diario: ¡sus carnes mismas, cómo se azulaban y diafanizaban! Y a los sabios del porvenir que, por estudio, retrotraían su pensamiento a las épocas actuales, parecíales absurdo que hubiese podido vivirse de otro modo. El negocio, que, según la feliz expresión de Alfonso Karr, es el dinero de los demás, en muy próximo futuro moría. La equidad se enseñoreaba del mundo mucho más pronto de lo que habían imaginado los pesimistas, porque hay revoluciones que se preparan en los escondrijos del ir y venir cotidiano, y que de pronto estallan en llamarada divina ante la muda estupefacción de las razas.

V

En cuanto pude levantarme, el operador no me perdonó ya mi silencio ni mi apartamiento. Puesto que podía yo lozanear como planta que vuelve a la vida, puesto que a mi rostro los colores tornaban y mi pulso latía con firmeza, ya no era justo que él esperase más su gran parte de triunfo, de gloria, a que le hacía acreedor la nunca vista operación en mí practicada con tanto éxito, gracias a su pericia.

No hubo, pues, remedio. Fue preciso ir de aquí para allí: primero a la Escuela de Medicina, después a otros innumerables centros científicos, donde fui objeto de la más irritante curiosidad, pues aquellos sabios escudriñaban mis impresiones y sensaciones con desplante verdaderamente vejatorio, e iban anotando las respuestas que daba yo a su métodico e indigesto cuestionario, con una minuciosidad insoportable.

Fueron esos días de dura prueba para mí. No me daba punto de reposo, y en la noche volvía tan fatigado a mi rincón, que mi único anhelo era la inconsciencia bienhechora del sueño; inconsciencia relativa, a decir verdad, pues, en mi nuevo estado, los ensueños tenían extraordinaria y angustiosa lucidez.

Naturalmente, mi retrato, mi biografía, mis impresiones, abultadas por reporteros, el relato nimio de la operación famosa (con proyecciones cinematográficas) y otras lindezas por el estilo, llenaron páginas de revistas y diarios, especialistas o no. El operador crecía en gloria y fama a cada instante. Era el hombre del día en el mundo. Varios yanquis excéntricos le habían telegrafiado pidiéndole que les operase, y él empezaba a tarifar, sin andarse con remilgos, las intervenciones quirúrgicas de nuevo cuño, la Martinización, como llamaba ya a su procedimiento, pues acaso olvidé deciros, por creerlo dato baladí, que el sabio eminentísimo no se apellidaba más que Martínez. (¡Apenas Martínez!, como decía un colega y amigo íntimo suyo, que le odiaba con toda cordialidad desde su descubrimiento.)

Pasó, empero -¡qué no pasa!-, aquel aluvión de publicidad, para mí cuando menos. El anuncio de nuevas operaciones hizo olvidar mi nombre, y yo entonces, sediento de reposo, ansiando con toda el alma encontrarme con mi fantasma, corrí hacia la costa cantábrica, y en una playita ignorada e íntima donde mi tête à tête con el mar tenía que ser casi absoluto, alquilé una villa y me entregué a mí mismo.

Ella volvió a aparecérseme con todo el diáfano y sereno encanto de su adolescencia, perfumada y resplandeciente. Y cada día veíala yo más cerca, tal una proyección que va agrandándose y aclarándose en la pantalla, a medida que mejor se la enfoca. Podía ya discernir perfectamente las circunstancias en que debía efectuarse el primer encuentro. Dentro de un período de tiempo, difícil de medir, dado que justamente mi visión lo anulaba; en una playa, que no era aquella en que me hallaba a la sazón, pero que acaso no estaba muy lejana, ese servidor del Misterio que se llama el Azar, debía apersonarnos y hacer surgir en nuestros espíritus la eterna Ilusión, madre de las razas… (En su espíritu debiera yo más bien decir, porque yo me había anticipado al destino, merced a una treta milagrosa, y amaba ya a la que iba a venir, como si la tuviese por primera vez entre mis brazos.)

Se acercaba, pues, se acercaba… Todos los instantes, como invisibles manos, la empujaban hacia mí…

¡Amar así, qué delicia!… ¡Sin miedo al mañana, que indefectiblemente nos ha de traer el bien; al mañana, que a otros les quita y a mí iba a darme; al mañana, que por lo desconocido es para todos amenaza, y para mí solo era esperanza…!

¡Amar así!… Pero ¡oh, miseria nuestra!, ¿por ventura el amor no es planta de tal índole, que solo puede germinar, crecer, vivir entre el miedo, la angustia, lo imprevisto?…

¿No es tal nuestra idiosincracia, que dejamos el bien cierto y grande por el bien mediocre e hipotético?

Y lo imprevisto, sobre todo, ¿no es el señuelo por excelencia del amor?

Así, pues, aquella dicha cierta, acariciada, detalle a detalle, noche y día, por la facultad nueva, por el sexto sentido nato gracias a la operación famosa, por cierta, iba siendo menos dicha… En cambio, tales y cuales males futuros, enfermedades, disgutos, fracasos, y sobre todo la visión de la muerte, que, a pesar de mi voluntad, solía surgir precisa en la lontananza, seguida de una zona oscura, muy oscura, empezaban a mortificarme más de la cuenta.

Yo era un dios (¡qué duda cabe, si poseía lo que mortal ninguno poseyó nunca!); pero por lo mismo, comenzaba a padecer el espantoso tormento de los dioses: ¡la Previsión, en el verdadero, en el estricto sentido de la palabra, la previsión que quita toda la vaguedad, todo el encanto, el enigma todo a las cosas de la vida, y en cambio nos muestra con sus menores detalles el mañana, tal cual es, acabando en la negrura del aniquilamiento: la previsión, el más implacable de los males, el más espantoso privilegio de la vida consciente!

Sí, aquella mujer sería mía, e íbamos a amarnos mucho, e íbamos a marchar de la mano por el camino, rodeados de nuestros hijos; pero más allá, un poco más allá estaba la muerte…, la inexorable muerte hacia la cual corríamos ella y yo desalados, acezando, con un vértigo de velocidad…

La sociedad de mí mismo, gracias a esta nueva visión de las cosas, a esta nueva aprensión de mi futuro, fuéseme haciendo insoportable a su vez. El mal cierto me atormentaba de antemano; el bien cierto, gracias a la previsión, se me volvía insípido y poco deseable. Y yo, que había ido a la playa solitaria a recrearme con mi fantasma, eché a correr una noche de allí, a todo el vapor del expreso, hacia Biarritz en busca de gente, de trivialidad, de ruido, de aturdimiento, que me despegasen de mi yo, de mi visión, de mi lucidez, de mi insoportable sentido nuevo…

Risas, músicas y charlas de casinos, cafés invadidos por multitudes triviales, elegantes y cosmopolitas, bocinear de automóviles, ecos de deportes: eso, eso quería yo e iba a buscarlo…

He dicho ya -y si no lo dije, bien está que ahora lo exprese- que mi visión del futuro era voluntaria. La operación de mi cerebro, al obtenerla, era análoga al esfuerzo más o menos leve que hacemos para recordar. Al futuro me asomaba yo como se asoma uno a la ventana para ver el paisaje. Libre quedaba, pues, de asomarme; pero así como a pesar de nuestra voluntad y del dominio que tenemos sobre nuestra imaginación, esta nos impone a veces imágenes obsesoras de las que difícilmente nos desembarazamos, así también, con mucho esfuerzo, podía yo esquivar mis visiones del mañana. Sin embargo, desde que llegué a Biarritz, de tal suerte me lancé a la vida mundana, supe meterme en un torbellino tal, que ya ni de día ni de noche torné a la dolorosa o plácida contemplación de lo venidero, y ni siquiera fijé una sola vez los ojos interiores en mi fantasma.

Todos los días jugaba al golf (deporte que fue siempre mi predilección), acompañado de insulsos pollos de lo más granado del cosmopolitismo veraniego de la Costa de Plata. Meter una bola en un agujero me resultaba tan calmante como ver correr el agua. Y cierta tarde gloriosa, de esas en que el sol, estriado de bandas de nubes, cae con una pompa incomparable, manchando de rojo la arisca Côte des Basques, el ideal Rocher de la Vierge, el fantástico y gracioso semicírculo de palacios que dominan la grande plage, mientras distraído contemplaba a una miss recorrer kilómetros con la consabida pelota, vi de pronto venir en mi dirección a una jovencita vestida de blanco, ligera, ágil, sonriente…, incomparablemente graciosa.

Bella creatura di bianco vestita…

¡Ella!

Sí, Ella, voceó mi corazón: Ella, clamoreó mi alma toda: Ella, dijo el ritmo de mi sangre; y mis entrañas gritaron: ¡Ella!

¡Al verme se detuvo, pareció vacilar un momento, como si me reconociese, y sonrió… con divina, sí, con divina sonrisa; y yo temblando y ella encendida como el alba, nos tendimos resueltamente la mano, ya para siempre, ante la tarde que moría, ante el mar palpitante que se emboza en brumas, ante las silenciosas primeras estrellas!

VI

Sí, bien lo sé: vosotras, almas ingenuas que no dormís tranquilas hasta que no sabéis el desenlace de una novela, que no la juzgáis completa si queda flotando un hilo, almas que cada día sois menos; vosotras querríais que yo os dijese lo que pasó después: nuestras dichas, nuestros éxtasis, nuestras lágrimas, los horrores y las delicias del privilegio tremendo que me había sido otorgado… ¡Pero para qué, amigos míos, para qué! Esta historia no debe tener fin, creédmelo…


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