Gao Xingjian – La montaña del alma

En mi entorno, me enseñaban que la vida era la fuente de la literatura y que la literatura debía ser fiel a la vida, fiel a su verdad. Y mi error era precisamente el haberme apartado de la vida, el haber ido en contra de su verdad. La verdad de la vida no se parece a su imagen externa.


Esta semana toca añadir un nuevo punto en el mapa del Reto con un libro que encontré hace algunos meses en una librería de viejo. Hablamos de la obra más conocida de Gao Xingjian, premio Nobel de literatura del año 2000.

Dos narradores – “yo” y “tú”- están recorriendo China y comparten sus experiencias, de forma intercalada durante todo el libro. Uno de ellos está en busca de la Montaña del alma, un sitio mítico que escuchó durante sus viajes pero que nunca ha visto. Conforme la narración avanza, ambos viajeros nos exponen vivencias, personas, lugares y acontecimientos alusivos a la vida en China y a su propia historia.

El libro me ha dejado impresionada por dos razones básicas. En primera, la diversidad en cuanto a los recursos literarios manejados en el libro. Contamos con narraciones, poemas, monólogos, canciones y un sinfín de variantes que se entrecruzan para concretar la estructura de la obra. Aunque La montaña del alma suela catalogarse como novela, la pluralidad en su discurso la colocaría en ese terreno de lo inclasificable. En este sentido, me recordó mucho a los libros de Eduardo Galeano.

La diferencia entre la novela y la filosofía nace de que la novela es una produccicón de la sensibilidad, sumerge en una mezcla de deseos los códigos de los signos arbitrariamente construidos y, en el momento en que este sistema se disuelve y se transforma en células, aparece la vida. Entonces se asiste a la gestación y al nacimiento, lo cual es aún más inetresante que los juegos del espíritu, pero, al igual que la vida, no responde a ninguna finalidad.

Otro punto que me ha parecido magnífico es el uso de los pronombres en la construcción del argumento. Durante todo el libro vamos turnando las voces de “tú” y “yo” en cada capítulo, pero éstas no son sino parte de un monólogo que juega con la presencia de otro a fin de romper con la soledad. No estoy haciendo spoiler, pues es algo que aparece en la misma contraportada del libro, referido por el autor. Incluso el lector menos inspirado podría sospechar que el juego de los pronombres tiene algún truco oculto desde el principio… y este truco no se limita a multiplicar las voces narrativas.

Tú sabes que no hago nada más que hablarme a mí mismo para distraer mi soledad. Sabes que mi soledad es irremediable, nadie puede consolarme, no puedo recurrir a otro que a mí como interlocutor de mis discusiones. […] Si ni tan siquiera yo puedo distinguir la parte de lo vivido y la parte de sueño que hay en mis recuerdos e impresiones, ¿cómo podrías, tú, llevar a cabo una distnción entre mi experiencia y mi imaginación? ¿Y es realmente necesaria esta distinción? Por otra parte, no tiene ningún sentido real.

La evolución de nuestros narradores se dirige hacia cuestionar el sentido de todo. De los viajes de nuestros personajes, de sus valores e incluso de sus cuestionamientos al respecto. Llega el momento en el que una de las voces narrativas se pregunta sobre el sentido del sentido…

Ando siempre en busca del sentido, pero, a la postre, ¿qué es el sentido? ¿Acaso puedo impedir que los hombres construyan esa presa monumental mientras destruyen su propia memoria? No puedo hacer otra cosa que llevar a cabo indagaciones sobre mi propio “yo”, minúsculo grano de arena. Únicamente puedo escribir un libro sobre “mí”, sin ocuparme de saber si verá la luz. ¿Y qué sentido tiene escribir un libro más o menos? ¿Se echará de menos la cultura que haya sido destruída? ¿Y tiene el hombre necesidad de la cultura? ¿Y qué es la cultura?

Pese a sus momentos brillantes, el libro resulta pesado y difícil de seguir. El ritmo es lento en los primeros capítulos y la premisa inicial se va alejando del lector poco a poco. Asimismo, la longitud del libro puede representar un reto complejo para cualquiera. Si el lector entra a este libro esperando que cada capítulo contribuya activamente al desarrollo de la premisa inicial, se llevará una decepció. Quienes sean contagiados por el narrador para buscar la Montaña del Alma seguramente terminarán en las mismas condiciones que él: preguntándose el sentido de seguir esperando a que el paraje mítico aparezca entre las páginas.


Gao Xingjian
La montaña del alma 
Ediciones del Bronce (2001)
Barcelona
651 pp.

 

 

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