El separador

“El tiempo pasa” es una de esas frases comunes que podemos escuchar en cualquier ocasión. Generalmente he escuchado – o pronunciado – tal oración en contextos donde el tiempo demuestra sus efectos en el destino de la gente: noticias, reencuentros, chismes y muchas otras trivialidades causales de emitir la frase que condensa nuestro asombro ante el tiempo y nuestra incapacidad de controlarlo bajo nuestros deseos. Úrsula Iguarán y el coronel Aureliano Buendía nos dirían que en efecto, el tiempo pasa pero no tan rápido.

En mi corta experiencia, el tiempo visto en retrospectiva me resulta confuso, misterioso. Más de una vez he confundido la secuencia de hechos que derivaron en el momento que me encuentro ahora. Mezclo años, meses, días y lugares generando tal desastre que tengo que fiarme de mis notas para dilucidar un poco sobre los hechos. Afortunadamente sólo ocurre con mis vivencias por lo que mi aprendizaje sobre historia, por ejemplo, no se ha visto tan perjudicado con estos ligeros desvaríos.

Otro tipo de  frases comunes en las conversaciones cotidianas encaja en el manido “los amigos se cuentan con los dedos de una mano”, como recordatorio constante de que no todas las personas a tu alrededor están interesadas en cultivar una amistad… ya no digamos “verdadera”, que es lo que suele agregarse. En este orden de ideas también encontramos los discursos sobre cómo tus amigos estarán contigo en tus peores momentos, se interesarán por ti y te marcarán un alto cuando estés cometiendo alguna estupidez.

No me considero una persona con muchos amigos. Ni pocos. En realidad no los cuento ni pretendo evaluarlos en función de si son “amigos de verdad”, porque tampoco sé en qué consiste esa amistad real de la que tanto hablan las personas sin llegar a concretar nada. Mis amigos son aquellos que comparten parte de sus vidas conmigo y con quienes comparto parte de mis experiencias. Baste decir entonces que tengo amigos. No sé si “mejores”, “peores”, “ocasionales” o “reales”. Son amigos, sin mayores epítetos.

Una frase más, de esas que se escuchan en el tiempo de estudiante: “aprovecha, porque ésta es la parte más bonita de la vida”. No importa el nivel de escolaridad al que se refiera el interlocutor, por lo general es una persona mayor (y por ende, más experimentada en los caminos de la vida) quien te dice que ser estudiante es la mejor etapa en la vida de un ser humano. Que aproveches y disfrutes cada instante… porque después te vas a arrepentir y sufrirás en un valle de lágrimas por no haber valorado lo maravillosa que es la vida estudiantil.

Ésta siempre me ha parecido una frase trillada y un tanto irónica, porque revela una ligera paradoja en la que nos encerramos si no tenemos cuidado. A los niños se les incula que deben aspirar a ser grandes… y cuando ya crecieron, deben añorar el pasado. Crecemos bajo el bombardeo implícito y explícito de que seremos felices en la siguiente fase de nuestras vidas, cuando por fin estudiemos, nos graduemos, nos casemos, tengamos hijos, viajemos, etcétera. Pero cuando ya estamos en esas etapas que alguna vez fueron llamadas “las más bonitas”, resulta que no, que era un error. Que las etapas más bonitas de la vida son las que ya dejamos atrás.


Hace algún tiempo, desconozco si dos o tres años,salía de cierta clase de cuyo nombre no quiero acordarme. Una amiga mía había vuelto de Corea del Sur y tenía poco tiempo que se había incorporado de nuevo a las clases. Éramos compañeras constantes de trabajo y confidencias, por lo que su ausencia temporal me había bajado un poco los ánimos. En cualquier caso, me reconfortaba saber que éste no sería el último de sus viajes hacia esos rumbos.

Esa mañana, me regaló el separador que me recuerda constantemente que las tres frases que referí anteriormente contienen algo de verdad: el tiempo es nuestra propia vida, por lo que en vez de calificar si lo que tienes a tu alrededor es real o no, sería más prudente aprovechar cada instante y disfrutarlo como si éste, el momento actual, fuera la mejor etapa de tu vida.

 

 

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