Vladimir Nabokov – Lolita

Oh, permítaseme mostrarme empalagoso por una vez. Estoy tan cansado de ser cínico…

Helo aquí, lectores, el título que ustedes han elegido para el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor. ¡Gracias a quienes ayudaron y – sobre todo – a quienes dejaron sugerencias adicionales!

La gracia de la encuesta, por cierto, es que había un título que no había leído… y es en el que la mayoría volcó sus preferencias. Siendo así, esta pseudo-reseña está basada exclusivamente en la primera lectura que hago de la obra más conocida de Vladimir Nabokov, que en definitiva tiene justificado su lugar en las alturas de la literatura universal. Vamos, que me he quemado los ojos sin interrupción mediante un PDF cuya edición insensible no tiene reparos en causar miserias a sus lectores… y eso es algo que no tolero facilmente, a menos que se trate de un libro que atrape en verdad.

Muchos podemos suponer la trama de Lolita, pues se trata de un referente cotidiano en la cultura popular: Humbert Humbert, un académico cuarentón, nos hace partícipes de su obsesión por la niña Dolly Haze, quien tiene 12 años, y cómo evoluciona su relación con ella. Tal premisa nos hace comprender la reticencia de las editoriales para publicar el manuscrito y el escándalo que surge una vez que una pequeña editorial dedicada a contenido erótico lo saca al mercado por primera vez.

Si pudiera establecer en una frase la impresión que Lolita me ha dejado, sería un relato elocuente e irónico de una tragedia. Para entender tan simplista descripción del efecto que me ha dejado, vayamos por partes.

La voz de Humbert es divertidísima, pues no duda en satirizar sus relaciones, acontecimientos e incluso sus propios pensamientos. Mediante el testimonio, Humbert consigue dar una voz elocuente capaz de generar simpatías a cualquiera que se deje envolver por su discurso. Sin embargo, tal proficencia en su lenguaje puede ofuscar al menos avezado y hacerle olvidar por instantes que las conductas de nuestro protagonista están lejos de ser sanas o – por lo menos – encomiables.

Autores más grandes que yo escribieron: «Imagine el lector», etc. Pensándolo bien, puedo dar a esas imaginaciones un puntapié en el trasero. Sabía que me había enamorado de Lolita para siempre; pero también sabía que ella no sería siempre Lolita. El uno de enero tendría trece años. Dos años más, y habría dejado de ser una nínfula para convertirse en una «jovencita» y después en una «muchacha», ese colmo de horrores.

Quienes todavía no den una oportunidad al libro se encontrarán con una palabra inusual: nínfula. Es el término que nuestro protagonista utiliza para hablar de aquellas niñas enter 9 y 14 años que son capaces de revelar (a ciertos elegidos, solamente) la naturaleza demoniaca que realmente les caracteriza. La obsesión de Humbert por las nínfulas – y posteriormente por Lolita, la nínfula – llevó a acuñar el término de Lolita en el acervo popular. No obstante, el autor declaró en varias ocasiones que tales acepciones provenían de una aproximación superficial a su obra y que las nínfulas sólo existen en la cabeza de su personaje.

Humbert reconoce desde el principio que su obsesión por Lolita tiene su origen en su primer amor, Annabel. Referencias a Poe aparte, desde el principio podremos advertir que Humbert se plantea a sí mismo como víctima incurable de la obsesión que lo atormenta durante años. “Ama” a las nínfulas que aparecen en su camino al observarlas de lejos, apenas atreviéndose a un contacto inocente. Se conforma con desahogarse pagando en diferentes burdeles y termina en un chasco cuando se decide a buscar una amante más apropiada a sus gustos en los bajos mundos de París. En cierto punto, Humbert se complace al divagar sobre cómo la esencia de su mirada habría impactado la vida de las púberes con las que nunca cruzó palabra. Si en ese momento el lector no ha calibrado que nuestro personaje no es un mártir, sino un megalómano insufrible, le sugeriría leer con más cuidado.

Esto me lleva a que ahondemos en quien debería ser el foco de atención en toda la trama: ¡Lolita! (sí, un aplasuo por obviedad, por favor). Lolita, la niña que mantiene encuentros sexuales con el hombre que se convirtió en su padrastro sólo para tenerla a su alcance. La niña que queda huérfana e incapaz de moverse una vez que queda huérfana, a merced de un hombre que se convirtió en su padrastro hace poco menos de un mes. Durante todo el libro, Lolita está presente – la primera oración del libro empieza justamente con su nombre – pero sólo a través de los ojos de Humbert, el portavoz de su obsesión y de quien no podríamos fiarnos para obtener una percepción más clara sobre la protagonista de tales desvelos y elucubraciones. Lolita es vista por Humbert como el alivio de sus males, la respuesta a una urgencia física y psicológica arraigada desde su juventud, pero no como una persona en sí misma. Es una chiquilla alegre, insolente y mordaz que ya ha tenido experiencias eróticas con gente de su edad, pero cuyas experiencias se nos presentan únicamente a través de los ojos de Humbert.

Hago hincapié en esta cuestión porque es de vital importancia para comprender que Lolita no es una historia de amor. Humbert es destruido por su propia obsesión, arrastrando a Lolita en el proceso. Nuestro protagonista incluso afirma que ella aprendió a manipularlo y a condicionar sus afectos… recordemos, claro, que es la portadora de una atracción demoniaca que es capaz de condenar a quienes caigan bajo su influjo. No es como si en una relación (cualquiera) entre un adulto y un infante, el adulto tenga más medios para que se haga su voluntad. ¿O no recuerdan sus tiempos de infancia con sus papás?

Me atrevería a decir que más que tratarse de una historia de amores, obsesiones, destrucción o – dirían algunos – pedofilia, Nabokov nos temas de mayor trascendencia para reflexionar: ¿cuáles son los valores bajo los que nos regimos? ¿Qué criterios resisten la huella del tiempo para determinar lo que es moralmente aceptable? ¿Cómo es que las personas confrontamos la racionalidad contra nuestros instintos básicos? ¿Cuáles son los medios a nuestra disposición para resolver tales debates introspectivos?


En alguna parte leí que Nabokov decía que su obra no tenía el propósito de impartir cátedras de moralidad. Estoy de acuerdo. Al menos en Lolita, los únicos juicios de valor provienen de su protagonista e indudablemente no pretenden hacer una apología de nada: son el recuento satírico de una serie de acontecimientos trágicos.

Por favor, lector: a pesar de tu exasperación contra el tierno, morbosamente sensible, infinitamente circunspecto héroe de mi libro, ¡no omitas estas páginas esenciales! Imagíname: no puedo existir si no me imaginas. Trata de discernir a la liebre en mí, temblando en la selva de mi propia iniquidad; y hasta sonríe un poco. Después de todo, no hay nada malo en sonreír.


Vladimir Nabokov
Lolita
Grijalbo (2003)

Si quieren ver el insufrible PDF que utilicé, pueden verlo aquí. Una vez leído, tendré que ahorrar para comprarlo porque seguramente se disfrutaría más teniéndolo entre las manos.

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6 comentarios

  1. Hola, qué tal. Si te gustó la novela, échale un vistazo a la adaptación que dirigió Stanley Kubrick. Es una belleza. La leyenda cuenta que Nabokov le presentó un guion inolvidable a Kubrick, pero que era demasiado largo y el último se dio a la triste labor de recortar y corregir a un tiempo cinematográfico más adecuado. No sin antes afirmar que era lo mejor que había leído.

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