Mishima Yukio – El marino que perdió la gracia del mar

La gloria, como todo el mundo sabe, tiene un sabor amargo.

Hace algún tiempo, durante mis clases de Literatura en la escuela, tuve la oportunidad de asomarme a los textos provenientes de Japón en lo que fue – al principio – una experiencia difícil de sobrellevar. No obstante, tras la primera lectura del libro que nos ocupa hoy me decidí a buscar más sobre el autor y sus connacionales.

Mishima es de esos escritores cuya vida vale para hacer una película. De hecho, en 1985 una producción basada en su biografía vio la luz, dirigida por Paul Schrader. También habíamos comentado un poco sobre el escritor en algún martes de cumpleaños lejano.


Si tuviera que resumir los hechos del libro en un párrafo, éste sería algo como:

Noboru, un chico de 13 años, es testigo de lo que considera una traición imperdonable. Su madre, Fumiko, ha entablado una relación con el marinero Tsukazaki y él está considerando dejar la vida en el mar para formar una nueva familia. Desilusionado por el carácter del marino, enfrenta un debate entre sus ideales y la realidad que lo circunda.

El libro de hoy presenta una secuencia de hechos sencillos cuyas consecuencias se van revelando a cuentagotas, permitiendo que el lector pueda intuir el desenlace desde el primer tercio. La primera vez que lo leí recuerdo haber esperado en vano a que hubiera un giro que salvara a nuestros personajes de su fatídico destino. Pareciera a simple vista que Noboru es un chico celoso del marino, pues le está quitando la atención materna. No podríamos estar más equivocados.

Noboru, a los trece años, estaba convencido de su genio (todos los del grupo pensaban de igual forma respecto de sí mismos), y tenía la certeza de que la vida se reducía a unas cuantas señales y decisiones simples; de que la muerte sentaba ya sus raíces en el instante del nacimiento y que, en lo sucesivo, el hombre no podía sino procurar cuidado y riego a este germen; de que la reproducción era ficticia y, consecuentemente, la sociedad también lo era: padres y educadores, por el mero hecho de serlo, eran responsables de un omnioso pecado.

El chico y sus amigos tienen una percepción del mundo bastante peculiar, podríamos decir incluso distorsionada. Noboru, de rango intermedio entre ellos, espera constantemente un símbolo de heroísmo que confirme sus paradigmas y parece encontrarlo la primera vez que ve a Tsukazaki. Sin embargo, el pobre marino se encarga de desmoronar esa imagen con cada paso que realiza para congraciarse con el muchacho. ¿Y no son esos intentos de formar lazos afectivos la muestra que confirma la tesis de Noboru sobre la vida misma?

Conforme avanzamos en la lectura, podremos advertir que Tsukazaki no es el símbolo perfecto que anhela Noboru, pero tampoco es el adulto destinado a la rutina y a la mediocridad. Tsukazaki ve en sí mismo un sentido de grandeza ante la vida que comparte con Noboru y su grupo, sin que nadie a su alrededor – a excepción de Noboru – lo sospeche siquiera.  Probablemente, si expresara en voz alta sus nociones Noboru no se convertiría en un enemigo encubierto… pero página tras páginas nos damos cuenta de que en cierta forma él ya está atrapado en el vacío que tanto le repele al chico. ¡Cómo podrían cambiar los hechos si nos aventuráramos a decir lo que pensamos!

No había sido capaz de expresar sus ideas sobre la gloria y la muerte, o los anhelos y la melancolía cautivos en su pecho, o las demás pasiones obscuras que se ahogan en las marejadas del océano. Siempre que trataba de hablar de estas cosas, fracasaba. Si había veces en que se sentía inútil, había otras en que algo como la grandeza de una puesta de sol sobre la bahía de Manila lo penetraba con su fuego, y entonces sabía que había sido elegido para remontarse sobre los demás mortales. Pero no había sido capaz de comunicar su convicción a la mujer. […] En lugar de ello, había hablado de hortalizas.

Fumiko es la pieza que completa esta triada y tristemente, es más un escenario para la confrontación entre los otros protagonistas. A mi parecer, es un personaje que pudo haber contribuido más activamente en la historia. En cualquier caso, lo que conocemos de Fumiko basta para comprender su carácter, los desafíos que enfrentaba al ser una viuda en tiempos de posguerra y las decisiones que toma sobre el proceder de su hijo.

Entonces le confesó el enojo que le había causado verse a sí misma esperándolo a pesar de su firme propósito de no hacerlo. Se había entregado al rabajo con la esperanza de haberlo ya olvidado, pero cuando dejaba la tienda el último cliente y el local quedaba en calma, le llegaba el burbujeo de la fuente del patio y, al escucharlo, el terror la asediaba. Entonces se daba cuenta de que estaba esperando…

Para terminar de comprender los procesos de interacción entre los protagonistas requerimos del catalizador que dirige la pauta de la narración hacia el final inevitable. El jefe de la pandilla de Noboru no es más que otro chico de su edad, destacado en la escuela y ejemplo a seguir entre sus cofrades; o al menos es cómo se percibe a sí mismo, pues no hay otro testimonio fuera del grupo que valide tal despliegue de talentos. Sin embargo, es capaz de influir poderosamente en sus amigos, llegando a establecer el destino final del marino que sólo vio una vez.

Todos nosotros, los seis, somos genios. Y el mundo, como sabéis, está vacío. Sé que ya os he dicho antes esto, ¿pero habéis pensado detenidametne en ello alguna vez? Porque creer que nos está permitido hacer lo que queramos sólo en virtud de las dos razones que he citado es una forma nada sensata de pensar. En realidad somos nosotros quienes fijamos lo permitido. Profesores, colegio, padres, sociedad… nosotros permitimos toda esta basura. Pero no porque carezcamos de poder. Permitir es nuestro principal privilegio, y si sintiéramos siquiera un ápice de piedad no seríamos capaces de la crueldad de permitirlo. A lo que llegamos es, en definitiva, a que estamos continuamente permitiendo cosas inadmisibles. Sólo existen unas cuantas cosas realmente permisibles: el mar, por ejemplo.


Este libro también tuvo una adaptación cinematográfica (1976) de la que no he podido ver más que el trailer. Si alguien ya la vio y la recomienda, avíseme. 🙂


Yukio Mishima
El marino que perdió la gracia del mar (3a ed.)
Alianza editorial
Madrid, 2012

 

(Por cierto, que alguien debería ahorcar al que está diseñando las portadas recientes en Alianza editorial…)

 

Anuncios

2 comentarios

Tus comentarios evitan que un poodle termine en la calle...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s