Dando vueltas al asteroide B612

Saludos, lectores. Hoy pasé el día con El Principito dando vueltas en mi cabeza una y otra vez. Sí, puedo sacar mi lado esquizo si me lo propongo (bipolar no, porque ya pasó de moda autodenominarse bipolar). Por eso quiero aprovechar este viernes vacacional para compartir algunas ideas en torno al primer libro que recuerdo haber leído hace unos 20, 21 años. Me encantaría hacer un ensayo sesudo y académico al respecto, pero creo que eso es caer en ese entorno gris y solitario del mundo adulto que tanto padecía el autor. Además, no soy una experta en literatura, en armar buenas connotaciones ni mucho menos… y nada de lo que pueda decir sobre el Principito sería nuevo bajo el sol. Por hoy, sólo necesito sacarlo de mi sistema. Reitero que esto es mera opinión y puede haber gluten y white privilege entre las letras. Aguas.


Se dice que las perspectivas sobre un libro cambian dependiendo de la edad y las circunstancias que te rodeen cuando lo leas. Personajes, motivaciones, posibilidades y connotaciones se modifican una y otra vez conforme el lector avanza en su trayecto de vivir. De ahí que cuando leí El Principito poco antes de cumplir tres años, me quedé con una historia de aventuras muy entretenida, pero que me dejaba con un desasosiego que no podía definir todavía. Fue hasta que concluí el preescolar que le encontré un sentido a los baobabs, por ejemplo. Pasaron unos cuantos años más para que sintiera verdaderamente la tristeza por el cierre del libro. Y tardé un poco más en comprender por qué el Principito tenía cierta clarividencia en torno a las acciones del aviador extraviado en el desierto.

El libro relata el viaje que emprende un niño para conocer amigos y comprender mejor su relación en torno a una rosa testaruda. Pero también es la experiencia del aviador, quien no solamente es el testigo y narrador, sino que juega un rol clave dentro de toda la historia: el Principito y el aviador son el mismo. No hay otro vestigio de la existencia del Principito más que el testimonio del piloto: no podemos hablar con los zorros, ni con las flores, ni con las serpientes. El Principito es capaz de encontrar un pozo en el desierto y sabe perfectamente cuando el avión ha quedado reparado, antes de escuchar la noticia. El cuerpo del Principito desaparece, sin más, luego de que la serpiente lo envía al lugar de donde viene… Y si a eso agregamos que el libro está cargado de detalles autobiográficos, podríamos sustentar esta posibilidad.

El aviador es un adulto, en el sentido expresado en el libro: ya no es capaz de imaginar, se preocupa por los números y las cuestiones prácticas de la vida. Ha envejecido. Y esa forma de percibir el mundo lo ha dejado solo, sin amigos, a punto de extinguirse en la sequedad de su corazón. Por eso, ante semejante desesperanza, el Principito surge de la nada con una petición absurda para alguien preocupado por su supervivencia inmediata: un ejercicio de imaginación. El Principito es, entonces, la representación de la vida apasionada, inventiva y ciertamente infantil del aviador, que vuelve a él para recordarle otras formas de comprender al mundo y a sí mismo. ¡De ahí que el cordero sea importantísimo! Es lo que salvará al Principito de los baobabs, ¿recuerdan?

Las aventuras del Principito en su asteroide y su recorrido por otros más es la vida de nuestro protagonista: decepcionado por un amor que no fue como lo imaginaba, huye para buscar una nueva pasión, que lo conduzca hacia nuevas amistades. Vanidades, vicios, poder y riquezas materiales están ahí, pero no consiguen distraerlo.  Pero el farolero, quien enciende una luz para los demás, el que hace una buena acción sin esperar recompensa, no tiene espacio suficiente para mantener un amigo. Su deber le condena a la soledad. De ahí que, gracias a la recomendación de una voz experta en viajes que no ha realizado, se dirige a la Tierra… o el hogar del aviador, su lado envejecido.

El Principito recorre la Tierra y el único amigo que hace antes de su encuentro con el aviador es el zorro (¡vaya personaje!): un ser astuto y sabio, pero también práctico. Sabe que su amistad con el Principito se mantendrá con el recuerdo, pues ambos tienen todavía caminos por recorrer. Ya con el aviador, el Principito es capaz de sacar agua de un desierto: encuentra la posibilidad de vida para el aviador, que se encontraba dentro de sí mismo. El aviador lo consideraba labor perdida, pues no había caso en buscar un pozo dentro de un desierto tan grande… y se encuentran un pozo de aldea, no un simple hueco en la tierra. A lo mejor nuestra desolación esconde grandes tesoros en alguna parte, ¿no?

Pero siempre queda el asunto que me generó ruido por mucho tiempo.

La serpiente.

Esa serpiente que le promete al Principito una forma indolora de devolverlo a su lugar de origen, pues tiene más poder que el dedo de un Rey. ¿La serpiente es una representación del mal, como sucede en lecturas religiosas? No lo creo. Ella ofrece una alternativa y el Principito la acepta. Ella no gana nada con la vida o la muerte del Principito. De hecho el aviador y el Principito la tratan de forma diferente. El adulto, cargado por sus temores y aprendizaje, aprende a desconfiar de ella y la quiere lejos del Principito, quien no se intimida y la trata como a cualquier ser con los que se ha comunicado. Si tuviera que definir qué representa la serpiente, diría que es la muerte. Nos devuelve a donde venimos… y somos polvo y al polvo volvemos.

Por eso el Principito no la rechaza y la trata como algo natural… aunque le tema un poco. Sin entrar en el debate sobre si se trata de un suicidio, podemos ver que es algo necesario. Él debe volver con su rosa (que es efímera, amenazada de desaparición próxima) y esa es la manera más natural de alcanzar ese amor abandonado.

El aviador no está dispuesto a aceptar que el Principito muera, pues él en el fondo teme a su propia desaparición. Sin embargo, ya ha bebido del agua del pozo, ya ha recuperado la esperanza para seguir adelante y consecuentemente ha reparado su avión, el medio para salir del abismo de soledad. Por eso sabe que el Principito no se ha desvanecido por completo, pues ha reaprendido a ver el mundo con otros ojos. Mira a las estrellas y cuenta con que él estará ahí, en alguna parte.


¿A ustedes, lectores, qué impresiones les dejó este libro? ¡Todo comentario – o jitomatazo – es bienvenido!

El fanart es de Claparo-sans. Tiene trabajos muy buenos que pueden ver desde aquí.

 

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