Crepúsculo, o el origen de una aversión incurable

Era una tarde soleada, como tantas. El timbre de la escuela por fin soltaba la rienda de los adolescentes que salían en tropel, exhaustos por tantas horas de clase que indudablemente habían sido productivas y útiles para el futuro (como todo lo que se nos enseña en la escuela). Durante ese amargo periodo de mi existencia conocido como la preparatoria, tenía la costumbre de entrar a la biblioteca en cuanto saliera de clases con el propósito único y fundamental de terminar con las horas obligatorias que se nos exigía pasar en semejante espacio. Siempre me quedé con dudas sobre la naturaleza de tal espacio: ¿cuántas escuelas tienen biblioteca? ¿cuántas permiten que los alumnos exploren los volúmenes a libertad? ¿en cuántas de ellas se impone el requisito de cubrir cierto número de horas? Leer, como casi cualquier actividad, no funciona bien bajo el yugo de lo imperativo pero parece que no era una opinión compartida por los directivos de mi plantel.

Cómo detesté ese espacio durante esos años. El hacinamiento era inevitable. Las opciones eran adelantar tarea o matar el tiempo en algo que pareciera tarea seria, porque en cuanto sacaba mi libreta para dibujar, la bibliotecaria se acercaba fúrica a exigir que no perdiera el tiempo con algo semejante. En alguna ocasión le expliqué que esos dibujos eran parte de un trabajo escolar, pero no había remedio. Estaba poniendo el mal ejemplo a los que se estaban quedando dormidos en medio del soporífero ambiente privado de ventilación. Pedir un libro resultaba catastrófico, porque no había un catálogo disponible para nosotros y teníamos que sujetarnos al criterio de la bibliotecaria (¿Los ojos de mi princesa cuando quería leer algo de psicología? ¿En serio? … Siendo justos, el acervo tampoco le ayudaba mucho). Terminaba contando los segundos restantes para acudir al mostrador, sellar mi carnet de biblioteca y salir antes de desmayarme gracias a la concentración de olores corporales. Una hora menos.

Fue en una de esas tortuosas visitas a la biblioteca que me percaté de un curioso fenómeno entre algunas de mis compañeras: empezaron a llevar libros gordos, pesados y estorbosos bajo el brazo. La bibliotecaria ya no les molestaría por no hacer nada (¡hasta que leen algo!). En los recesos, los grupitos revisaban tales libros y era inevitable escuchar comentarios sobre lo-increíble-que-es-este-libro-a-poco-todavía-no-lo-lees-Valeria. Intrigada a más no poder, pregunté a una amiga mía de qué iban los tan mencionados libros.

– ¡Ah, es un libro de vampiros! ¡Está buenísimo! Como yo ya lo leí varias veces, te presto el mío.

Y así fue como terminé leyendo Crepúsculo.


 

Mi experiencia con las historias de vampiros había sido más… tradicional, si lo queremos ver así. Aunque las películas sobre el tema no son de mi devoción, los relatos me han atrapado más de una vez. Me dije que con toda una historia detrás de la figura del Vampiro, este libro tendría muchísimo trasfondo para elegir. ¿Tomaría el carácter seductor que se ve en Carmilla? ¿Abogaría por el folklore como lo hizo Tolstoi? O no, quizás sería una narración más romántico, como las historias de Poe…

Leí la primera página.

Pero todo mundo me ha hablado maravillas de este libro. A lo mejor se compone más adelante, dije para mis adentros. En verdad, quería creer que no se trataba de un libro tan… deplorable, por lo menos. Buscando algún punto interesante llegué a la mitad del libro y decidí terminarlo para encontrar cada omisión, cada simpleza, cada motivo para decir que era un desperdicio de papel y de tiempo. Una especie de venganza personal con el libro por haberme privado momentáneamente de lecturas más estimulantes para cualquier persona.  Recordad, por favor, que me encontraba en preparatoria y todavía hoy no soy un ejemplo de madurez ni serenidad.

No voy a repetir el calvario que pasé con semejante bodrio, porque los defectos de Meyer han sido repetidos hasta el cansancio por todo Internet. Baste decir que terminé prediciendo las frases exactas que seguirían en la siguiente página (¿así o más simple?). Desde entonces, surgieron preocupaciones en torno a este tipo de fenómenos “literarios”. ¿Hasta qué punto se adorna un libro como un producto que ha de medir su calidad en términos de ventas? Hasta 2011, Twilight había vendido 120 millones de copias… y eso, naturalmente, no lo convierte en un libro decente. Popular sí, pero no un buen libro. Llegué a pensar que las editoriales trataban a sus audiencias adolescentes (principales consumidores de este tipo de libros) como tontos, vendiéndoles la misma historia refrita hasta el cansancio una y otra vez. Al final, creo que ese asunto no es tan relevante: mientras haya demanda, habrá oferta, ¿no?

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No obstante, creo que este asunto de explotación comercial ha llegado al colmo de lo absurdo. ¿Los libros de Crepúsculo son una serie? Ok. ¿Que se van a hacer películas también? Ya ni modo… Momento, ¿un fanfiction de Crepúsculo se va a publicar como libro? mmm… ¿y que también van a ser películas? Lamentable, pero es lo que la gente pide, aunque sean merecedoras de Razzies. ¿Qué va a seguir, que vendan exactamente la misma historia pero cambiando la perspectiva?

… y entonces Grey y Life and Death salieron al mercado.


 

Mucha gente dice que los libros YA son simples, accesibles y un punto para que alguien que no se ha acostumbrado de rienda suelta al hábito de la lectura. Como he comentado en otras entradas, leer es más que un pasatiempo y tiene repercusiones en cómo funciona nuestro cerebro. Es un alimento cognitivo, a falta de un mejor término. Como todo alimento, la prioridad es – o debería, cuando menos – que nos nutra, que nos permita sobrevivir y mantenernos sanos, ¿no? La comida chatarra puede ser deliciosa y comerla de vez en cuando no va a matarnos, pero si sólo nos alimentamos con ella nuestra salud no va ser óptima, ¿o sí? Y si sólo comemos comida chatarra, ¿cómo aprenderemos a identificar otros sabores, colores y nutrientes?

Hace muchos ayeres había dicho: lean y dejen leer. Lo sostengo. Si alguien quiere atascarse de fast-food-for-the-brain es asunto suyo. Sobre advertencia no hay engaño. *guiño guiño*

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