Xavier Velasco – Éste que ves

 

¡Saludos, lectores! Febrero, ese mes plagado de corazones y ofertas cuestionables en las tiendas, llega a nosotros cargado del ambiente meloso inevitable: el día de San Valentín. Tarjetas, dulces, flores, cenas románticas y todos esos clichés anuales están a la vuelta de la esquina. A sabiendas de que el espíritu de la cursilería abundará en este mes, me dije: ¿por qué no darle un espacio al tema del amor y la amistad en el blog? 

Naturalmente, no todo el amor es romántico ni todas las amistades son como en las películas AA de los años 80. De ahí que mi selección de libros para el mes pueda generar algunas disonancias. Sobre advertencia no hay engaño.

Xavier Velasco es un escritor mexicano, ganador del Premio Alfaguara de Novela 2003. Su biografía puede tener datos muy interesantes, pero me quedo con la descripción del autor ofrecida en el libro que tomamos hoy:

Escorpión con ascendente acuario, hijo único de un virgo y una tauro, alumno problemático, narrador a hurtadillas, íntimo de diversos cuadrúpedos. Creció en la Ciudad de México al lado de pacientes y sucesivos afganos. Descubrió como quien da con una salida de emergencia; desde entonces lo juega con fruición de tahúr y hasta hoy sigue creyendo que la vida de un narrador vale sólo para ponerla en juego. Como autor, ha hecho sus apuestas narrativas en Cecilia (novela), El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha, Alfaguara 2004), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos, Alfaguara 2005) y Diablo Guardián (Premio Alfaguara de Novela 2003). Actualmente cohabita con dos gigantes de los prinieos cuya sabiduría es inalcanzable.


Si la gente que me conoce un día se juntara y cada uno dijera cómo soy, sabrían que ninguno conoce al mismo niño. Me aburro demasiado pronto de las cosas, cada día me gusta algo distinto. Mi cabeza es un árbol de Navidad, las canciones son los adornos y las historias las luces.

El libro en cuestión aborda uno de los periodos más felices (¿o trágicos?) en la vida humana: la tierna infancia. El autor se vale de su propia experiencia para narrar el origen de su oficio como contador de historias y, mediante ese eje central, conocemos fragmentos de sus vivencias infantiles: la protección de los padres, el amor de su abuela, las travesuras escolares, manías, amores, gustos y temores.

No sé qué va a pasar cuando al fin crezca, pero no me entusiasma la idea de estar como Xavier, encerrado en un banco el día entero. Si tengo que vivir contando dinero, por lo menos que sea el de mi cartera. Se lo digo cuando me lleva a su oficina, en el Centro. Que me encanta, porque me paso la mañana jugando en su privado, luego las secretarias me llevan a pasear por todo el edificio y de repente ya no quiero ser grande. Me da miedo que un día tenga que trabajar en un lugar así, hablando todo el día de millones de pesos que no voy a poder gastarme en discos.

La estructura del libro es bastante liviana: se compone de cuatro partes ordenadas bajo un criterio cronológico, pero sin que haya continuidad directa entre una y otra, ni dentro de ellas. Cada capítulo dentro de las secciones comienza como un anécdota que conduce hacia el ejercicio introspectivo del niño y las consecuencias que las acciones simples tienen sobre su personalidad y conducta. Pese a que refiere experiencias íntimas, sirven como parámetro de identificación para elementos comunes a la infancia de muchos y seguramente, el lector encontrará paralelismos con su propia infancia (o purgatorio, como diría el autor). Las tribulaciones infantiles que se relatan me sonaron tanto a mis propios melodramas que volví a recordarme: nunca hay que subestimar la perspectiva de un niño.

Mi único problema con el libro es que la voz del niño no me suena infantil. Velazco narra toda la historia en presente para enfocarnos en el contexto inmediato que está narrando y ponerse en sus zapatos de infancia. Es decir, no busca ser un adulto que dice “recuerdo que cuando era niño…”, sino decir “yo, niño, hago esto”. Sin embargo, la narración no suena a un niño y no se percibe ninguna diferencia entre la perspectiva infantil al inicio del libro (cuando tiene 5 años) y al final de la historia, cuando ya ha salido de la primaria. El discurso permanece igual y, aunque el protagonista describe las transformaciones a su alrededor y cómo es afectado por ellas, no se manifiesta ningún cambio claro en sus acciones ni en su forma de pensar. Ésto le resta plausibilidad al personaje, pero no a las experiencias que vive.

Lo bueno es que Xavier Velazco comentó en alguna entrevista: “No pretendo ser Anna Frank. Ni de lejos me interesa”.

Si quieren darle un vistazo al libro, narrado por el autor, pueden hacerlo desde Descarga Cultura, el sitio de podcast de la  UNAM. Siempre es divertido escuchar las letras en voz de sus autores.

 

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6 comentarios

  1. Ha sido muy interesante escuchar al propio autor. Y sí, resultó un tanto inverosímil la perspectiva, pero la narración es prometedora. Cuando termine los audios, comentamos. Besotes 🙂

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  2. Disiento un poco contigo en cuanto a las voces, yo sí noto un ligero cambio al final de la novela. Es verdad que no suena infantil la voz del principio, pero yo sí siento cierta evolución en el personaje. A lo mejor el hecho de que no suene infantil la voz primera fue un poco la técnica del autor para la novela, habría que preguntarle. 🙂

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