Libros (fragmento)

¡Saludos, lectores! Dejé unas dos o tres entradas programadas para la semana, debido a un proyecto nuevo que tengo en mente para estos meses. Si programé bien las fechas, a estas alturas ya expliqué de qué se trata. Hoy, quisiera compartir con ustedes un poco de un libro que estoy leyendo a sorbitos: en el camión, esperando a la familia, antes de dormir, en el baño, cuando se supone que estudio, mientras camino por la calle… Esta lectura me ha dejado tal impresión que el escritor en cuestión se ha convertido en uno de mis nuevos autores de cabecera.

No quiero poner de quién es porque pretendo comentar el libro más adelante, pero si adivinan o conocen al autor invito a que dejen sus comentarios. La imagen del post también resultaría obvia para encontrar la autoría del texto presentado a continuación. Los nombres propios utilizados en el fragmento ya les dirán de dónde es el escritor, por si alguien no se ha encontrado con este libro todavía.


 

La pasión por los libros se despertó en Shinsuke cuando aún estaba en la escuela primaria. Lo que generó esta pasión fue Bandidos de las marismas, en la edición de Teikoku Bunko que encontró en la estantería de su padre.

Ese chico de desproporcionada cabeza leyó la novela una y otra vez, bajo la tenue y sombría luz de la lámpara. E incluso, cuando el libro no estaba abierto ante él se imaginaba las escenas de lo que había leído: la banderola que ondeaba en el campo de batalla con la inscripción En el nombre de Dios…; el tigre gigantesco del Paso Jinyang; las piernas colgando de las vigas en la fonda del jardinero Zhang Qing. ¿Imaginaciones? Sus imaginaciones eran para él incluso más verdaderas que la propia realidad.

Con gran frecuencia se había enfrentado con su espada de madera a los personajes de Bandidos de las marismas en el jardín posterior de la casa, donde se encontraba el palo de tender la ropa, luchando contra el bello y feroz guerrrero llamado Ichi Jô Sei Kô San Jô y con el monje Lu Zhishen. Esta pasión le duró treinta años. Recuerda haber seguido leyendo aquellas aventuras sin parar, noche tras noche. Aún puede verse dedicado con fervor a la lectura en su mesa de trabajo, en los trenes, en el cuarto de baño e, incluso en ocasiones, cuando caminaba por la calle. Una vez que dejó de leer Bandidos de las marismas ya nunca más volvió a manejar su espada de madera, pero continuó sin cesar riendo y llorando sobre los libros que leía. Cada uno de ellos le hacía transformarse convirtiéndose él mismo en los personajes de esas novelas. Como Buda, transmigró a vidas pasadas: Ivan Karamazov, Hamlet, el Príncipe Andrés, Don Juan, Mefistófeles, Reineke Fuchs… y esas reencarnaciones nunca fueron algo intrascendente.

[…]

De esta forma, Shinsuke aprendió de los libros prácticamente todo lo que sabía o, al menos, no había nada que supiera y que no procediera en parte de los libros. No se dedicaba a observar a los demás para aprender de la vida, sino que intentaba conocer la vida a través de las novelas, para poder observar después a la gente por la calle. Esto representaba probablemente un rodeo en el camino para sus objetivos pero para él, las personas con las que se cruzaba estaban solamente de paso. Para saber de ellas, sus amores, sus odios, sus debilidades no tenía más remedio que leer libros y, especialmente, las novelas y las obras de teatro de la Europa de fin de siglo. Era solamente bajo su fría luz que descubría la comedia humana desplegada ante él. De hecho, era así como se le revelaba su propia alma, que no distinguía entre el bien y el mal. No solamente aprendió de los libros esos aspectos de la humana naturaleza sino que también pudo descubrir la belleza en los alrededores de Honjô. La mirada al contemplarla debía en parte su intensidad a algunas de sus lecturas favoritas, especialmente a la poesía haiku de la era Genroku. Gracias a ellas descubrió otras bellezas naturales que su barrio no podía enseñarle:

“… la silueta del monte
cerca de la capital…”;

“en los campos color cúrcuma,
viento de otoño…”

“…bajo la fría lluvia, mar adentro,
velas que se izan, velas que se arrían…”

“…rasgando las tinieblas,
el canto de las garzas…”

[…]

Ahora bien, como era pobre no estaba en condiciones de adquirir todo lo que leía. Intentaba superar esas dificultades recurriendo a las bibliotecas públicas, en primer lugar y como segunda opción, a otras privadas que permitían llevarse volúmenes prestados mediante una cuota. Por último, hacía uso de una austeridad que casi rozaba la tacañería. Todavía recuerda vívidamente la biblioteca de préstamo, cercana a la acequia principal, la señora mayor que la regentaba y los adornos para el pelo que ella elaboraba durante su jornada laboral. Esa señora le llamaba “chiquillo” y tenía buena fe de ese estudiante de primaria, aunque él se las ingenió muy pronto para leer libros a hurtadillas mientras hacía como que rebuscaba en los estantes.

[…]


 

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7 comentarios

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