La librería local

Era una mañana fría y despejada, hace 15 años. Bajé del camión y corrí por la calle buscando una papelería abierta, pues me encontraba resolviendo trámites de una beca y me pedían copias fotostáticas de mis boletas escolares. Como persona puntual y responsable que era desde ese entonces, lo había dejado para el último día y, agotada por subir la empinada avenida cargando una mochila tan pesada que debería considerarse explotación infantil, me lamentaba por no haber sido previsora. La papelería que estaba casi en la esquina fue mi salvación: saqué mis copias, pagué y salí corriendo… El dueño debió quedar perplejo al verme huir dejando mis originales en sus manos.

El buen hombre tuvo a bien devolver mis papeles a la brevedad, bajo circunstancias que no recuerdo completamente (¡tenía 8 años, no memoria eidética!).  Sin embargo, tengo vagos recuerdos de una de nuestras primeras conversaciones. Me decía que había quedado impresionado por mis calificaciones (mi promedio general perfecto en esos dos años de primaria) y que seguramente era una niña muy inteligente, a lo que respondí que no era precisamente lista, pero que me gustaba leer mucho. “¡Ah, entonces debes saber que la librería que está en la otra calle es mía, para cuando quieras pasar!” Podrán imaginarse mi alegría interna al escuchar esas palabras.

Ese fue el comienzo de una amistad que duró varios años. Cuando no iba por material escolar o a fisgonear en sus libros, manteníamos conversaciones largas y entretenidas. Jugamos ajedrez algunas veces. Las personas que me conocen saben que no soy el alma de la fiesta y quienes me conozcan desde hace pocos años no tienen idea de lo solitaria que puedo ser. A excepción de mis vecinos, la mayoría de los niños de mi edad no estaban a gusto con mi compañía o quizás no contaba con suficientes habilidades sociales para poder integrarme, por lo que encontrar a una persona fuera de mi familia con la que pudiera comentar las noticias, mis lecturas y mis introspecciones filosóficas infantiles fue un bálsamo en mi cerrado círculo de interacción social. Tenía un amigo más que no se encontraba dentro de las páginas y que parecía tomarme en serio y no como una curiosidad de circo. Alguien que no dudaba en presentarme preguntas retadoras y en dar argumentos contra mis primeras elucubraciones.

Cuando dejé mi ciudad local para irme a estudiar a la universidad, dejé de verle. En mis visitas de fines de semana me asomaba a la librería, pero fueron dos o tres veces en las que lo encontré. Conforme el tiempo pasaba, eran sus hijas quienes atendían el local y no me animaba a preguntar por mi amigo, pues asumí que había decidido darse un descanso del trabajo y que había delegado una nueva responsabilidad a su descendencia.

Hoy, en una plática cualquiera con mi mamá, me he enterado que mi amigo falleció, hace por lo menos un año. Sentí que se abría un hueco bajo mis pies y cierto desasosiego se apoderó de mí. Todavía recuerdo la última vez que hablé con él y le conté con entusiasmo mis últimas novedades: había ingresado a estudiar psicología, aunque temía un poco por no poder asumir el reto. Sonrío y me recordó que, si había mantenido la disciplina que demostraba cuando me conoció, sería un reto que podría cumplirse.

Tengo un pequeño huequito en el pecho, porque no tuve oportunidad de verle otra vez ni de decir adiós… y sé que no tengo forma de hacerle llegar mis palabras. De todas maneras, si pudiera hacerle llegar un mensaje, sería el de mi más profundo agradecimiento y estimación por haber sido un compañero en este viaje de vivir, y de quien aprendí mucho.

Gracias por todo.

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