El gato que venía del cielo

Todos los animales, los gatos sin ir más lejos, tienen su propio carácter, lo cual les confiere un interés particular, mucho más que si los metemos a todos en el saco de una misma especie. Para mí Chibi es un amigo que me comprende, un amigo con apariencia de gato.

¡Saludos, lectores! Con diciembre llegan los libros para la temporada y como sé que encontraremos recomendaciones cargadas de Navidad para estas fechas, me decidí a buscar otros libros que no tengan cascabeles ni arbolitos decorados. Pueden ver más detalles sobre esta decisión para el mes en el especial de La Perorata, donde tuve la fortuna de participar.

Dejando de lado el comercial, pasemos al libro. Ésta es la primera novela escrita por el periodista y académico japonés Takashi Hiraide en 2001. El autor se había dedicado al trabajo editorial durante nueve años antes de dedicarse por completo a la escritura, aunque sus trabajos eran de índole poética y biográfica. Los amantes de los gatos – y de los animales en general – encontrarán un libro maravilloso. Pero si sois como el protagonista del libro y no disfrutan particularmente de los felinos… seguro que la novela les gustará mucho de todas maneras.


El argumento es aparentemente simple: una pareja de editores ha alquilado un nuevo hogar que parece escapar – por ahora –  a los efectos de la burbuja inmobiliaria de la década de 1980.  Un día de tantos, los vecinos adoptan a un gato callejero y éste comienza a visitar a nuestros protagonistas, generando una relación que ellos no esperaban. A través del discurso presentado por el marido conocemos sus temores, ansiedades y alegrías, pero sin dejar de tomar al gato como punto de referencia para una serie de reflexiones sobre el ciclo de la vida, el destino, la pérdida y el temor al cambio. En verdad, pareciera que el misterioso felino ha venido del cielo para renovar su universo.

Este libro se ha convertido en uno de mis nuevos favoritos – y eso es difícil de definir en mi caso – porque ha dado en el punto de varias reflexiones personales que he tenido años atrás. Por ejemplo, el autor toma referencias de Maquiavelo, despojándolo del cariz político que suele cargar por antonomasia. Hiraide recurre al pensador italiano para repensar el papel de la Fortuna. Conforme se avanza en la lectura, esta referencia se vuelve crucial.

Yo la suelo comparar a uno de esos ríos torrenciales que, cuando se enfurecen, inundan los campos, tiran abajo árboles y edificios, quitan terreno de esta parte y lo ponen en aquella otra; los hombres huyen ante él, todos ceden ante su ímpetu sin poder plantearle resistencia alguna.

El protagonista se enfrenta a los retos que la vida le impone sin poder intervenir en la que parece ser su Fortuna. Dificultades laborales, la muerte de un amigo y sus propios temores ante la conducción de su vida son algunos de los temas abordados, pero en todos ellos el gato hace acto de presencia y modifica por completo las circunstancias. Durante Año Nuevo, encontramos al editor en un abismo del que pareciera no haber una salida inmediata.

Me sumergí en un estado de urgencia y la fatiga se espesó a mi alrededor hasta que se apoderó de mí. Sin embargo, a través del ventanal que tenía frente a la mesa, vi una silueta blanca que me observaba con sus dos patas delanteras sobre el alféizar y las traseras en el nure-en, donde se aupaba para curiosear.

Abrí la ventana y dejé pasar al visitante que el alba del invierno me había enviado. En ese momento, de un solo golpe, todo regresó a la vida.

Poco a poco, el matrimonio y el gato parecen encontrar un punto de equilibrio en sus interacciones. La pareja prepara una cama y siempre tienen una escudilla lista para cuando Chibi va a visitarlos. El gato se acopla a las reglas de la casa y suele guardar distancia de sus anfitriones, pese a que los vínculos afectivos entre ellos se profundizan gradualmente.

El punto de fractura llega cuando la pareja que les alquila la casa debe mudarse a un retiro de ancianos porque son incapaces de seguir viviendo por cuenta propia. Ante la imposibilidad de mantener la casa en condiciones, tienen que venderla. El contexto socioeconómico de Japón en 1989 se convierte en un auténtico quebradero de cabeza para los protagonistas porque tendrán que encontrar un nuevo espacio dentro de un límite de tiempo muy estrecho. Pero la duda que parece carcomer al editor y con la que muchos se identificarán es ¿qué pasará con el gato? Si han tenido mascotas y las han querido tanto como yo a las mías, seguro que comprenderán la angustia que se apodera de nuestro personaje.

Me ponía en el lugar de Chibi y me vencía la pesadumbre. Un día, de pura casualidad, se encontraría la casa donde tenía por costumbre pasar la noche cerrada a cal y canto. Arañaría el cristal de la ventana con su pata, miraría al interior vacío y obscuro. Todas las entradas y salidas estarían bloqueadas. Algunos días después regresaría. Golpearía el cristal con su cabeza. Nadie le iba a contestar. Muy pronto aparecería una empresa de demolición y se pondría a derribar sin piedad las dos casas abandonadas y el jardín

Aquel escenario, sin embargo, no era más que el fruto de la imaginación de un hombre.

 


Si quieren saber lo que pasa después, busquen el libro. Si deciden comprarlo, estoy segura de que será una inversión que valdrá la pena. También pueden revisar la vista previa disponible en Google Books. Seguro que esta lectura les sacará más de una sonrisa… y si son tan sensibles hacia los animales como yo, una lágrima también.

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