12. El jardinero

Jueves, Día Nacional del Libro en México. Tiempo apropiado para proseguir con la obra de Rabindranath Tagore y dirigir nuestra atención a uno de sus libros más conocidos: El jardinero, publicado originalmente en inglés en 1913 y que algunos lectores mexicanos recordarán por los libros de lecturas de primaria. Como explicaba en la entrada previa, decidí tomar cada obra compilada en la edición de Porrúa para dedicarle un día. No es pretexto para llenar entradas del reto diario, sino que en verdad siento que una sola publicación sería demasiado larga o poco sustanciosa.  Dicho esto, procedamos.

En El jardinero nos encontraremos una compilación de poemas en prosa, que en su mayoría provienen de Kshamika, libro que había publicado en bengalí años atrás. De estos poemas, Tagore refería su dedicación a ellos casi meramente estética.

“En Kshamika lo único que hay es mi gozo en la creación de las formas… Nada de pensamiento, de doctrina, de tema: gozo y nada más. Lo que yo gozaba era mi libertad”.

Esta libertad es claramente visible cuando nos adentramos en los poemas, cuya profundidad emocional es capaz de conmover a rocas como yo. A través de los poemas dados en El jardinero, conocemos la percepción del autor sobre la naturaleza, el orden del universo y la condición humana; sin que caigamos en el vocabulario florido que disfrutan los escritores pretenciosos.

Los textos de Tagore están impregnados de dulzura y de cierta inocencia. Pero no se dejen engañar, está a millas de distancia de la cursilería tipo Arjona. No se trata de poemas cursis realizados para enternecer adolescentes y generar ventas, sino – como referíamos en la cita previa – un ejercicio de libertad.  La claridad y delicadeza con que se desenvuelven los textos atrapa al lector desde el primer momento, llevándonos hacia poner mayor atención a las cosas sencillas de la vida que podemos pasar por alto.

Hay poemas que sin ser una lección moral explícita, presentan una opinión bastante clara sobre el camino correcto a seguir. Por ejemplo, en el LII, ahondamos en las consecuencias de ese amor apasionado y romántico que impulsa a muchos a proteger al objeto de sus deseos y a resguardarlo como perros guardianes:

¿Por qué se apagó la lámpara?
La protegí del viento con mi manto; por ello la lámpara se apagó.

¿Por qué se mustió la flor?
La estreché, inquieto y amoroso, contra mi corazón; por ello se mustió la flor.

¿Por qué se secó el río?
Construí un dique para que el agua sólo me sirviera a mí; por ello el río se secó.

¿Por qué se rompió la cuerda del arpa?
Quise dar una nota demasiado alta; por ello la cuerda del arpa se rompió.

Contundente, ¿no? Aunque como ese hay otros poemas magníficos, mi favorito indiscutible siempre ha sido el XXVIII:

Tu mirada, ansiosa y triste, quiere adivinar mi pensamiento.

También la luna quiere penetrar en el mar.

Conoces toda mi vida, pues nada te escondí. Por ello no sabes nada de mí.

Si mi vida fuera una gema, la rompería en cien pedazos y con ellos haría un collar que pondría en tu cuello.

Si mi vida fuese una simple flor, pequeña y suave, la arrancaría del tallo para colocarla en tu pelo.

Pero mi vida es un corazón, amada mía ¿y cuáles son sus límites?

No conoces las fronteras de este reino, a pesar de reinar en él.

Si mi corazón no fuera más que placer, florecería en una sonrisa feliz y lo comprenderías en un instante.

Si no fuera más que dolor, se derramaría en claras lágrimas y reflejaría en silencio su secreto.

Pero es amor, amada mía.

Su placer y su dolor son infinitos, su miseria y su riqueza son eternas.

Está tan cerca de ti como tu misma vida, pero nunca podrás conocerlo del todo.

El cierre del libro me conmovió mucho, pues siempre he pensado en los libros como un medio para adentrarnos a otro mundo, a otro tiempo, a los pensamientos mismos del autor. Un libro me resulta como una botella que se lanza al mar sin saber cuánto tiempo tardará en encontrar a alguien dispuesto a recibir el mensaje. Un mensaje cuyos últimos receptores se desconocen por completo y donde tampoco sabemos cuánto tiempo será escuchado. Por lo visto, Tagore también pensó en sus lectores futuros al finalizar el libro:

¿Quién eres tú, lector, que dentro de cien años leerás mis versos?

No puedo enviarte ni una flor de esta guirnalda de primavera, ni un solo rayo de oro de esa nube remota.
Abre tus puertas y mira a lo lejos.
En tu florido jardín recoge los perfumados recuerdos de las flores, hoy marchitas, de hace cien años.
Y te deseo que sientas, en la alegría de tu corazón, la viva alegría que floreció una mañana de primavera, cuya voz feliz canta a través de cien años.


Como he reiterado en varias ocasiones no soy una lectora asidua de poesía. Sin embargo, considero que este es un imprescindible para cualquier interesado en el género… y para cualquiera que no guste de leer poesía también.  Un libro como este es casi mágico.

Mañana toca el turno a El cartero del rey. Prepárense para que revisemos teatro 😛


La imagen utilizada para esta entrada es de JuanOsborne. Vale la pena echar un ojo a sus trabajos.

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