11. La luna nueva

Miércoles de luna nueva, queridos lectores. Pecando de una falta de originalidad que no me sorprende del todo, tomé este título para el día de hoy. No obstante, se trata de un libro magnífico para acercarnos a una de las grandes voces en la literatura universal: Rabindranath Tagore, poeta, cuentista y filósofo bengalí, ganador del Nobel de literatura en 1913 y autor de los himnos nacionales de India y Bangladesh.

Nacido en Calcuta el 6 de mayo de 1861, Tagore creció en una familia acomodada y enraizada en la tradición literaria. Su padre y su abuelo eran miembros y colaboradores de la Brahma – Samay, una secta religiosa monoteísta; asunto destacable si consideramos el peso que el politeísmo hindú mantuvo (y mantiene) en la sociedad india. Devendranath, el padre del escritor que hoy nos ocupa, alcanzó un prestigio tal que se le llegó a denominar Maharishi en los círculos donde se desenvolvía y, naturalmente, ejerció una fuerte influencia en el pensamiento y la educación de su hijo.

Rabindranath fue el menor de siete hermanos. Asistió a múltiples instituciones educativas, pero sus resultados académicos no eran satisfactorios al punto de que terminó abandonando la escuela. No obstante, su padre siempre le apoyó en los proyectos que emprendía y los recibía con mucho entusiasmo. El padre permitía que su hijo explorase el mundo en sus propios términos con el fin de que aprendiese por sí mismo a resolver las cuestiones que se le presenten, pero eso no significa que Tagore se dedicase a vagar durante toda su juventud. A los 13 años ya había comenzado a escribir poesía y para 1879 ya había publicado una edición de sus versos.

Cuando Tagore cumplió 17 años, emprendió el viaje a Inglaterra que era tan común para los hijos de la clase acomodada en su sociedad. Se enfoca en aprender el idioma y conocer la literatura inglesa. Vuelve a los 23 para dedicarse al campo sin por ello dejar de escribir. De su periodo como trabajador agrícola se rescata una carta:

Verdaderamente, la poca belleza y paz que aún se puede hallar entre los hombres, es debida al cumplimiento cotidiano de los primeros deberes y no a las grandes empresas ni a los altos parloteos (1892).

En 1913, Tagore se convierte en el primer asiático que recibe un Premio Nobel de Literatura. Fue una candidatura acogida con sorpresa, pero ampliamente aceptada conforme se analizaban a los demás autores postulados. El académico Verner Von Heidenstam refirió sobre los libros del poeta bengalí:

Los he leído con emoción profunda. No recuerdo nada en la poesía lírica de hace muchos años a esta parte que se le pueda comparar. Ha sido una extraña sensación, que sólo me atrevería a parangonar con la que se experimenta al beber de un manantial fresco y claro. La suave y sincera religiosidad que impregna todos sus pensamientos y emociones, la pureza de su corazón, la espontánea dignidad de su noble estilo son cualidades que se integran en un todo de rara y honda belleza espiritual. Su poesía no contiene nada impugnable o que desasosiegue, nada que sea trivial, grosero o caprichoso. Si hay algún poeta del que pueda decirse que es acreedor al premio Nobel, helo aquí.

Tagore recibe el Nobel un año después de haber recibido un homenaje nacional en Calcuta. Acababa de publicar El jardinero. Se hallaba en la cima del mundo y por eso aprovechó el premio de la mejor manera posible: entrega el premio en metálico a su escuela de Bolpur.


Hay mil y un cosas más que podríamos agregar a las notas biográficas de Tagore, como sus viajes por Europa y América. Sus discursos sobre Japón y sus ideas sobre el nacionalismo. Su renuncia al título nobiliario que había recibido por parte del gobierno británico. Sus relaciones con Gandhi. Su diálogo con Albert Einstein. Pero de esta manera no terminaríamos comentando el libro. Así que vayamos al punto que nos reune ahora y dejemos la biografía para una ocasión más apropiada.

Conocí a Rabindranath Tagore en un libro viejísimo y despastado que acumulaba polvo en mi casa: Lecturas clásicas para niños, de la SEP. Como asidua compradora de libros usados, tardé un poco pero conseguí la edición con la que pude profundizar un poquito más en la obra de este autor: Porrúa. Ahora bien, en este libro podrán encontrar una compilación de Tagore, a saber:

  • La luna nueva
  • El jardinero
  • El cartero del Rey
  • Las piedras hambrientas y otros cuentos

Rabindranath Tagore es uno de mis autores favoritos, de los pocos que han llegado a conmoverme con poesía (tengo la sensibilidad artística de una piedra). Por eso, quisiera dedicar una entrada a cada título de la compilación. Por tanto, hoy nos ocuparemos únicamente de La luna nueva, que no solamente es el primer título en la edición de Porrúa, sino que fue lo primero que conocí de Tagore. Dato curioso, el escritor vio morir a muchos de sus hijos, por lo que la frescura de esta obra resulta muy interesante.

En La luna nueva, Tagore justifica con creces el ser llamado poeta de la infancia. Nos encontramos con todo un panorama del niño y su mundo, expresados con sutileza y una inocencia que sorprenderán a más de uno. Se trata de un recorrido desde la perspectiva infantil, donde la madre, el hogar, la familia, los hermanos, los sueños y anhelos por crecer se convierten en todo un tema.

Si hablamos de hermanos, encontramos una disertación sobre lo cotidiano como Superioridad. Fue inevitable reirme algunas veces cuando lo leí siendo niña (y hermana mayor), pero conforme dejé la infancia le encontré otros hilos que no me había permitido ver al estar precisamente envuelta en ese sentido de superioridad:

¡Mamá, tu niña es tonta! ¡Qué ridícula es! No acierta a distinguir las luces de la calle y las estrellas.

Cuando jugamos a comer piedrecillas, se cree que son buenas para masticar e intenta metérselas en la boca.

Cuando abro un libro ante sus ojos y le pido que aprenda el abecé, rompe las hojas y se echa a reír sin motivo.

¡Mira cómo tu niña aprende sus lecciones! Cuando muevo la cabeza, irritado, y la riño diciéndole que es mala, lo encuentra tan divertido que vuelve a reír.

Todo el mundo sabe que papá no está aquí, pero si jugando yo grito “¡Papá, papá!”, vuelve a todas partes sus ojos asombrados y se imagina que papá está junto a nosotros.

Cuando estoy dando clase a los borricos de la lavandera que viene a buscar la ropa, le explico que soy el maestro de la escuela, pero se pone a gritarme “hermano” sin parar.

Tu niña quiere coger la luna. ¡Qué absurda es! A Ganesh le llama Ganush.

¡Mamá, tu niña es tonta y ridícula!

El lenguaje utilizado en el libro es claro, simple y llano. Un niño puede acercarse a él y no perderse, aunque no está de más leer con compañía. En mi experiencia de lectora solitaria en el preescolar, fueron lecturas valiosas en la infancia pues me divirtieron mucho, pude reflexionar sobre ellas conforme el tiempo pasaba y no tuve que correr al diccionario ni una vez. Era todo un logro cuando la primaria todavía no cernía su yugo sobre mí.

Sin embargo, no todos los poemas son dirigidos por una voz infantil. En los últimos podemos encontrarnos la figura paterna, que dirige enseñanzas y deseos a un hijo, así como el contraste entre el pensamiento de los adultos y la lógica de los niños. El último de ellos  – El último trato – es especialmente interesante, porque nos hace valorar en virtud de qué formamos nuestras relaciones y cómo es que no somos verdaderamente libres en ellas… hasta que llega un niño y pone todo del revés.

Si quieren recordar su infancia y volver a ver los ojos a través de la mirada de un niño, este es un libro imperdible. Si quieren volver a valorar la seriedad adulta con la que a veces podemos conducirnos, este es un libro para ustedes. Si están en el limbo de la transición hacia la adultez (o como yo, que no terminan de madurar), alégrense y denle un vistazo a la Luna nueva. Seguro que os sacará más de una sonrisa y motivará a reflexiones infintamente más profundas de lo que podría poner por escrito aquí.


Por cierto, que mañana será el turno de El jardinero. Ya es tiempo de ponernos cursis 😉

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