6. Mini-micro-nano ficción

Me disculpo por antemano, esto casi no va relacionado con libros…

Despertó víctima del sobresalto. Corrió por toda la casa esperando que sus temores fuesen infundados. Finalmente encontró el objeto: se miró al espejo. No se reconoció.


Ese párrafo constituye una de esas pesadillas recurrentes que me acosaban durante la primaria. Casi siempre era la misma secuencia onírica: estaba dormida, despertaba aterrada y corría por un sinfín de pasillos en busca de un espejo. Cuando finalmente me reflejaba en él, era otra cara la que me veía a través del vidrio. Invariablemente despertaba cubierta de un sudor frío, maldiciéndome por no poder controlar ese tipo de sueños. Desafortunadamente, tal pesadilla tuvo su origen en un hecho similar que ocurrió cuando, muchos años antes, nos habíamos mudado a la que sería mi casa desde entonces.

Desconozco las interpretaciones psicoanalíticas que puedan dársele a semejantes pesadillas y no me ha dado por indagar de forma particular en ésta. No obstante, esta experiencia recurrente me llevó a dar muchas vueltas en torno a cuestiones tipo ¿cómo estamos seguros de quienes somos? ¿cuántas veces recurrimos a un agente externo para confirmar nuestros rasgos? ¿qué es lo que nos define? ¿siempre somos los mismos? Las preguntas casuales que cualquier niña de primaria hace frente a sus pesadillas.

Si me pusiera a ahondar un poco en el sueño, podría suponer que me hallaba insegura de quien era, porque… ¿cuántos despertamos sin saber cómo es nuestra cara? Ojo, que suele ser el conjunto de rasgos físicos más distintivos en cada persona, lo primero que podríamos evocar de alguien sin siquiera conocerlo bien. Quizás, llevándolo al extremo, me había olvidado de qué era lo que me distinguía de los demás. Habría perdido mi identidad.

Curiosamente, la confirmación de mi identidad en el sueño proviene de afuera, del espejo salvador que busco como desesperada. El espejo podría ser el cómo me veo por fuera, cómo me ven los demás. Y como cierre aterrador, lo que yo recuerdo de mí misma no coincide con la percepción externa. No soy lo que otros ven. No veo en mí lo que los demás creen. No me reconozco como el reflejo en el espejo. Aterrador.

Por fortuna, tal crisis de identidad onírica se acabó con la adolescencia y, si acaso, tomó otras vertientes menos agresivas. Quienes me conocen saben que dormir es de los mayores placeres de la vida para mí y tener pesadillas que no puedo controlar realmente es frustrante. Una muestra de amor implícito desde mi inconsciente.


Recientemente participé en unas mesas temáticas sobre cultura e identidad, teniendo a mi cargo dar una plática sobre la utilidad de la identidad, claro está, refiriéndonos a identidad socialcultural. Al revisar bibliografía al respecto, me quedé con más dudas que respuestas. Si ya resulta complicado definir la identidad personal, pensar en identidades colectivas se convierte en un terreno pantanoso donde las interpretaciones de un mismo enunciado pueden llevarnos a terrenos completamente separados entre ellos. No en vano el concepto de identidad sigue siendo controvertido para los científicos sociales…

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