Herbert West: reanimador

Los recuerdos y las posibilidades son siempre más terribles que la realidad.

¡Buen día, estimados lectores! Mañana cumplimos un mes con el blog y no podría sentirme más contenta. Gracias a ustedes encuentro motivos para seguir compartiendo mis precarias experiencias con los libros.

Para cerrar el ciclo de octubre, decidí decantarme por un autor que no es de mis favoritos pero que indudablemente es reconocido en el mundo literario: Howard Philllips Lovecraft (1890 – 1937). Por alguna razón que no he terminado de discernir, la mayor parte de sus relatos terminan aburriéndome y no me termino de hallar a gusto con ellos. Probablemente no he tenido la fortuna de contar con una buena traducción de ellos – un problema de las ediciones económicas que dejaré para otra ocasión, aunado a mi pereza para leer en inglés – pero no he quitado el dedo del renglón y decidí a comentar un poco sobre el Reanimador, una historia conocida (aunque no es considerada la joya de la Corona en la obra de Lovecraft).

H. P. Lovecraft es considerado como un revolucionario en el cuento de terror, pues consigue apartarse del horror estándar (magia, fantasmas y demonios) para llevar los temores humanos hacia lo cósmico y lo universal: el origen de nuestros temores puede ocurrir a una escala mucho mayor a nuestro entorno inmediato. Los Mitos de Cthulhu son la muestra más referida cuando hablamos del impacto literario y la influencia en la cultura popular obtenidos por el autor estadounidense.

El autor aprendió a leer a los tres años, escribía a los ocho y para los 16 ya escribía una columna de astronomía en el Providence Tribune. Pese a sus múltiples talentos y a su pasión por la lectura se enfrentaba a severas dificultades con las matemáticas en la escuela, por lo que no pudo consolidar su formación universitaria. Contrajo matrimonio, pero terminó por divorciarse debido a diferencias irreconciliables con su pareja. Si bien fue un escritor reconocido, sus ingresos fueron insuficientes para mantenerse y fue sumiéndose en la pobreza con el paso del tiempo. Murió por cáncer intestinal a los 46 años.

En el relato que nos ocupa hoy Lovecraft nos presenta a Herbert West y su objetivo de revivir a los muertos (dotados de razón), visto bajo la perspectiva de un médico que fue auxiliar en sus esfuerzos desde sus tiempos como estudiante. A través de seis capítulos, el estudiante explica las consecuencias de los experimentos científicos llevados a cabo por su colega a lo largo de diescisiete años. Los resultados de tales pruebas son sorprendentes… y aterradores.

Al comienzo de la historia, ambos personajes son alumnos en la facultad de medicina de la Universidad de Miskatonik. Curioso respecto a los acontecimientos después de la muerte, el estudiante se incorpora con entusiasmo al trabajo de West, llegando a superar sus escrúpulos y encontrando nuevas fuentes para obtener el insumo principal de trabajo: cadáveres frescos, completos y sin deformidad o alteración física alguna. Poco a poco la relación entre los protagonistas se torna enfermiza: el médico anónimo está cada vez más aterrorizado y comienza a cuestionarse sobre los métodos de West con mayor firmeza. No obstante, es incapaz de separarse del Reanimador, probablemente porque su curiosidad sea más fuerte.

Conforme West pule sus habilidades y métodos, la reanimación de cuerpos se vuelve algo muy real. Pero una y otra vez nos encontraremos con la premisa fundamental: “cuerpos frescos”. Si un cuerpo ya empezó a descomponerse, los resultados de reanimarlo serían insuficientes para West y peligrosos para quienes estuvieran alrededor… Por lo menos, le darían un buen susto al infortunado narrador.

Los muertos vivientes son un buen motivo para temer, pero a mi parecer, el fuerte de esta historia es la evolución del Reanimador, quien refleja una deshumanización en su proceder científico y – naturalmente – las consecuencias de tal proceder. Herbert West se torna paranoico, frío y llevado por su obsesión con los muertos al punto de que todas sus acciones se vuelven medios para sus experimentos. West pasa de robar cadáveres en los cementerios a prestar sus servicios como médico durante la Gran Guerra, sólo con el propósito de tener un suministro de cadáveres. El contraste entre el deber profesional del médico y las metas del Reanimador son lo que me engancha a esta obra; después de todo, la preservación de la vida y reanimar a los muertos podrían verse como acciones parecidas, ¿pero lo son realmente?

Finalmente, podría decir que el Reanimador me recuerda un poco a La verdad sobre el caso del señor Valdemar (1845), razón que me había desalentado de leerlo al principio. Ambas muestran la reanimación de un cadáver, pero bajo perspectivas y desenlaces completamente distintos. No podría elegir una sobre otra.

Si te interesa explorar esta historia a fondo, puedes encontrarla aquí.

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