El encanto de las librerías de viejo

Advertencia: este post está repleto de experiencias personales y no hay un aporte objetivo, académico ni ligeramente argumentado sobre las librerías de viejo (¿tendría que ser así?). Por ende, esta entrada puede ser saltada por mis lectores ocasionales sin que se hayan perdido del siempre flamante contenido del blog (autopalmadita en la espalda).

Saludos, lectores. Este fin de semana me he encontrado bastante atareada con compromisos personales, pero eso no ha impedido que mis ideas me lleven de viaje a divagues tan llenos de profundidad como un sandwich con queso. Siendo el caso, me puse a recordar mis experiencias en torno a la adquisición de libros y a mis visitas recurrentes a esos maravillosos lugares donde los libros están al alcance de las manos… dependiendo del dinero en el bolsillo.

Quienes me conocen personalmente saben que los libros son esos objetos que no pueden faltarme. Ya sean propios o prestados, es rara la ocasión donde ando por las calles sin un libro. Me dan cierta seguridad, como si me supiera acompañada. Curiosamente, no he sido una persona que goce de la solvencia económica para comprar libros cada vez que se me antojasen y si así hubiera procedido, probablemente habría llevado a mi familia a la quiebra.

El entorno donde crecí tampoco ha sido – hasta tiempos muy recientes – un entorno donde los libros pueden adquirirse con facilidad. En mi ciudad natal solía haber una única librería con un lema que hasta la fecha es un bálsamo enmedio de la escasez: “si no lo tenemos, lo conseguimos”. Más allá de esta opción y de las ferias del libro anuales, comprar libros era algo casi impensable. Por tanto, crecí con una biblioteca surtida de los libros que la SEP regalaba a sus maestros y los ejemplares que poco a poco caían en mis manos con el paso del tiempo. De ahí que tuviera la oportunidad de leer y releer varias veces todo mi catálogo.

Cuando llegué a vivir a Puebla, uno de los aspectos que contribuyó a mi alegría inmediata fueron las librerías. Me llené de alegría al saber que cualquier día podía visitar las grandes cadenas libreras, algunas otras más modestas y, proliferando por todas partes, las librerías de viejo. El mero hecho de visitar éstas últimas es una experiencia maravillosa para mí, porque hay mucho que ver en estos recintos. Me explico.

En las librerías de viejo se encuentran, naturalmente, libros usados y revendidos por sus últimos dueños. Muchos de los ejemplares están rotos, rayados o maltratados por el tiempo. Otros tantos han perdido cualquier sentido de vigencia, en especial si hablan del “próximo” fin del mundo en 1986 o de cómo configurar tu computadora con Windows 95. Pero incluso esos ejemplares me parecen muy interesantes porque nos hablan de las necesidades en otros tiempos y miles de historias pueden estar detrás de ellos. Por ejemplo, hace poco vi un libro de poemas editado hacia 1950, en el que las primeras páginas tenían tres dedicatorias y un sello de biblioteca personal:

  • La primera dedicatoria, para la señorita Victoria Tal, con mucho respeto, estima y admiración (1956). ¿Habría sido dado como una declaración de amor? Era un libro bastante empalagoso para mi gusto, pero bien podría haber sido un regalo de alguien bastante enamorado.
  • La segunda, para la familia Villegas, con la esperanza de que fuera un ejemplar ilustrativo y una muestra de carino (1977). ¿Por qué Victoria se desprendió del libro? ¿Será que quien se lo regaló se convirtió en un mal recuerdo? Tal vez lo perdió… o necesitaba dinero y lo vendió. Muchas cosas pasan en 21 años…
  • La tercera no era una dedicatoria, sino una marca de propiedad: “propiedad de Basurto González. Feria del libro. 1983”. El nombre es aproximado, lo he olvidado.
  • El sello ya estaba muy gastado como para distinguir fecha o propiedad.

Cuando veo libros como ese me pregunto por cuántas manos ha pasado para regresar a una librería. Si las personas que lo leyeron encontraron algo de utilidad, o si se trató de un ejemplar olvidado en un anaquel durante décadas. Si cambió significativamente la percepción de algún lector. Si fue robado o regalado como muestra de amistad… o de indirectas. Cada vez que visito una librería de viejo me quedo pensando en lo que hubo detrás de esos libros… y también imagino los mil y un viajes que recorrerán los míos cuando yo me haya ido. Pensamientos productivos, por supuesto.

Algunas personas han sido víctimas de mis excursiones eternas a las librerías y han tenido que ser pacientes con mi adicción a los libros (¡perdón Ale!). En muchos casos me emociono de ver otra edición de un libro o encontrar alguno que no he tenido oportunidad de leer. Si estoy buscando un ejemplar en específico, siento más satisfacción de encontrarlo en los libros de viejo que de pedirlo por catálogo en Gandhi, por ejemplo. Es la satisfacción de haber emprendido una aventura al nadar en el mar de títulos que, empolvados y amontonados, siguen guardando sorpresas en el interior.

Soy una cursi irremediable. A veces.

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