El Vampiro

Saludos, comunidad lectora. Prosiguiendo con el ambiente de octubre, me di a la tarea de rebuscar en mis viejas lecturas para compartir un poco sobre uno de los seres ficticios (?) por excelencia: el vampiro. Seguramente muchos de nosotros pensamos inmediatamente en Drácula, Nosferatu o incluso Bela Lugosi, aquel actor que se convenció a sí mismo de ser el personaje. Si estamos más inmersos en la cultura popular reciente (quizás no tan reciente si lo pensamos bien), podríamos imaginar escenarios como los de Inframundo, Hellsing, La reina de los condenados o Blade. En el caso que personalmente encontraría lamentable, podríamos tener a Edward Cullen como primera asociación al concepto del vampiro. Por lo visto, Stephanie Meyer no podía contenerse y también tenía que hacer su contribución a la evolución de estos seres de la noche. Bah…

La noción de un ser que sobrevive mediante el consumo de sangre es inherente a numerosas culturas de la antigüedad, aunque se les atribuía casi exclusivamente un caracter demoniaco (y femenino), cuyo impacto no puede negarse al ser precursores del vampiro “moderno”. Desde la antigua Mesopotamia hasta Grecia, Roma y la América Precolombina, los seres hematófagos estuvieron presentes de una u otra forma en sus mitos y leyendas.

También podemos hablar de los vampiros bajo la lupa psicoanalítica. Para Carl Jung el vampiro es una personificación del arquetipo de la sombra, es decir, una representación de rasgos inconscientes que, a nivel individual, no se reconocen como parte del Yo. Dado que el vampiro es un individuo que pasó a ser un no muerto , éste puede ser interpretado como una amenaza que no saldrá bajo la luz de la consciencia, pero que acecha desde las tinieblas, desde lo más profundo de nosotros. La propuesta psicoanalítica de Jung es sumamente interesante y un párrafo es totalmente inadecuado para resumir sus presunciones respecto a los vampiros, por lo que os invito a ahondar en el tema aquí.

Si bien el vampiro que conocemos hoy tiene sus orígenes cercanos en el folclor eslavo, su consagración y transformación en la literatura puede percibirse a partir del siglo XIX. Desde las tertulias organizadas por Lord Byron, el vampiro comienza a ganar presencia como un personaje valioso para enriquecer narraciones, pero también para consolidar explicaciones en torno a desventuras colectivas que venían de siglos pasados, como las epidemias. Es a partir de la reunión casi legendaria de 1819, en la que Mary Shelley gesta la idea de Frankenstein, que el vampiro es descubierto con los rasgos que le atribuimos hoy.

John William Polidori se lleva el crédito por haber creado al vampiro romántico en dicha reunión, siendo importante mencionarlo porque su relato fue atribuido inicialmente a Lord Byron, anfitrión de la reunión. Con El vampiro (1819), Polidori presenta a este personaje como lo conocemos ante el mundo. Encarnado en el aristócrata Lord Ruthven, el vampiro toma sus rasgos más característicos: una persona carismática y atractiva, quien se complace en mantener una vida desordenada y pecaminosa. Dotado de una capacidad para ofuscar a sus interlocutores, atrae a mujeres jóvenes para alimentarse. Su fuerza sobrehumana, añadida al resto de sus habilidades, nos hacen preguntarnos si hay defensa posible.

Seguramente muchos apasionados de los vampiros se percatarán de que estos rasgos son una influencia definitiva para otros cuentos y novelas en torno al personaje. Algunos de mis relatos favoritos en torno al vampirismo son los siguientes y los dejo con links directos para que sea más fácil tenerlos a la mano.

  • Vampirismo (1821), por E.T.A. Hoffman. Este relato es uno de los primeros que pone a una mujer como Aurelia en los relatos de terror. El tono casual con el que comienza proporciona un sentido de familiaridad con esas conversaciones que suelen hacerse en torno a las leyendas locales y cuestiones sobrenaturales, pero pronto se adentra en la experiencia de Hipólito, un hombre conmovido por la belleza de Aurelia – hija de una baronesa de mala reputación – al punto de casarse al poco tiempo con ella. Tras una serie de funestas experiencias referentes a su suegra, Hipólito se enfrenta a la repentina enfermedad de su esposa. Repentinamente, Aurelia recupera su salud sin explicación aparente…
  • Dejad a los muertos en paz (1823), por Ernst Raupauch. A través de la narración conoceremos a Walter, quien se lamenta todas las noches ante la tumba de su primera esposa. Pese a haber contraido segundas nupcias, no deja de comparar a Swanhilde con su predecesora, cayendo poco a poco en un abismo de desesperación. Una de tantas noches, un anciano se acerca a él y le da la posibilidad de resucitar a su amada. Walter no cabe en sí mismo ante esa opción y aunque el hechicero le da varios días para recapacitar, no cambia de parecer. El anciano complace a Walter, no sin repetir su constante advertencia: “¡deja a los muertos en paz!”.
  • Berenice (1835), de Edgar Allan Poe. …Ah, Poe y sus mujeres misteriosas. Si bien historias como Morella me han fascinado, Berenice también tiene su encanto.  Ésta no es propiamente una narración sobre vampiros, pero la sutileza de la historia y su descarnado final no requieren tanto de los hematófagos para generar escalofríos. Egaeus está por casarse con su prima, pero ella cae terriblemente enferma. Él es testigo de su deterioro físico y se percata de que lo único que no decae ante la enfermedad son sus dientes. Berenice muere inevitablemente (pareciera que las mujeres de la tradición romántica están para ser bellas y morirse) pero Egaeus no está preparado para dejarla ir. Uno de los cuentos más controversiales del autor, sujeto a muchísimas connotaciones. Un artículo interesantísimo al respecto puede encontrarse aquí.
  • La muerta enamorada (1836), de Théophile Gautier. Un relato imperdible cuando hablamos de vampiros clásicos. Un sacerdote nos cuenta sus desventuras al verse confrontado con una pasión desenfrenada y su vocación al sacerdocio. A través de sus angustiosas palabras, somos testigos de un desdibujamiento entre su realidad y sus sueños, al punto en el que él mismo desconoce quién es real: si el modesto sacerdote consagrado a su labor durante el día, o el desenfrenado caballero que se desvive por Clarimonde por las noches. Una batalla clásica entre el bien y el mal que cierra con un trago bastante amargo para el protagonista.
  • La familia del vurdalak (1839), de Alexei Tolstoi. ¿Por qué quedarnos con el vampiro carismático del romanticismo, cuando podemos retomarlo desde las leyendas populares? En este relato, veremos al marqués d’Urfé y sus peripecias durante una misión diplomática. Se ve en necesidad de obtener alojamiento en un pueblo serbio, conociendo así a la familia de Piotr. Los anfitriones están preocupados porque está a punto de ponerse el sol y Gorcha, el patriarca de la familia, no ha aparecido en diez días. La tradición dice que si alguien desaparece por ese periodo y regresa una vez que se haya puesto el sol durante el décimo día, volverá convertido en vurdalak y chupará la sangre de todos sus familiares. Mientras ponen al tanto al duque, una figura se aproxima desde el camino justo antes de que el sol desaparezca por completo…
  • Carmilla (1871), por Sheridan LeFanu. Una novela corta inspirada parcialmente en Erzebeth Bathory, la condesa que pasó a la historia por sus prácticas sanguinarias; asimismo, es considerada la fundadora del prototipo del vampirismo lésbico. Laura es una joven que vive en un castillo remoto junto a su familia. Años después de una curiosa pesadilla, ocurre un accidente de carreta frente a su propiedad y como consecuencia, conoce a una mujer de la nobleza y a su hija Carmilla. Ambas extrañas se quedan en el castillo – aunque la madre se marcha después – y las dos chicas traban amistad. No obstante, al poco tiempo Laura se enferma y comienza a tener pesadillas recurrentes, al tiempo que el comportamiento de Carmilla se vuelve más extravagante conforme más atención se le pone.
  • Dracula (1897), por Bram Stoker. El último libro de este breve listado y claramente el más conocido. Sus adaptaciones en teatro, cine, videojuegos, cómics y demás reafirman su posición como uno de los clásicos incontrovertibles de la literatura universal. Quizás sea por efecto de primacía (leí muchas otras historias de vampiros antes que ésta) o por mero impulso “hipsteroso”, pero no me parece el mejor libro de vampiros. Muchos de los elementos que la componen ya están presentes en los relatos que he mencionado, lo cual es natural considerando su fecha de publicación. No tengo intención de ahondar en el cuento de vampiros más conocido de todos, pero definitivamente lo recomiendo. Si conocen a Drácula por esta película, seguro que se sorprenden.

Bien, cerremos el post de hoy. ¿Qué otras historias de vampiros conocen? ¿Son fanáticos de los amos de la noche como yo? ¿Verdad que los vampiros no son haditas que brillan?

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