Los escritores sobrevalorados, los populares y los que son como la peste.

Anne Rice, García Márquez, Murakami, Cortázar, Joyce… La lista de los autores “más” sobrevalorados de la literatura puede expandirse hasta términos ridículos e inimaginables. Es el adjetivo típico de quienes gustan de sentirse sabihondos o de hipsters en ciernes (para el caso, bien podrían tomarse como sinónimos). El lector que suele darse aires de experimentado puede discutir con otro más o menos de la siguiente manera (sí, así de plástico y falso el diálogo):

— Julio Cortázar es de los escritores más sobrevalorados que hay. La gente lo comparte en redes con frases cursis y no hablan de otro libro suyo que no sea Rayuela. ¡Se apropian de autores que ni conocen!

— ¿Cortázar? Me gustaba hasta que se volvió mainstream. Sobrevalorado es Borges, sólo porque leía mucho lo encumbraron… No es tan bueno. Por eso quise sentirme especial me dediqué a explorar la obra de Haruki Murakami. Su talento es inconfundible. Lástima que no ganó el Nobel.

Yo no vengo aquí a darles un discurso políticamente correcto y apto para todo público. No voy a deciros “todos los escritores son buenos para alguien”, “podemos convivir en armonía sin hacer bullying” o algún otro discurso manido. En efecto, creo que hay escritores más populares que otros, pero dudo que el adjetivo sobrevalorado sea apropiado. La popularidad de un escritor puede apreciarse de forma objetiva a través del número de copias que vende, de sus participaciones en público, de los fans registrados en redes, de cuánto es mencionado su nombre en Internet y en medios más tradicionales, etcétera.  Pero lo “valorado” no puede ni siquiera extenderse más allá de la percepción individual y esto obedece a que cada lector tendrá a sus autores predilectos y la valoración no es unificable al ámbito colectivo. Cada biblioteca es un proyecto de lectura y así como no hay dos bibliotecas exactamente iguales, tampoco habrá un conteo único de todos los escritores supuestamente sobrevalorados.

La sobrevaloración resulta engañosa en el mundo literario y no dudo que en otras esferas de la vida también. Un autor suele ser tildado como sobrevalorado cuando vende muchas copias, cuando gente que no es asidua a la lectura lo menciona, cuando muere y se convierte en un boom literario, cuando empiezas a ver frases “suyas” en el timeline de Facebook… pero sobre todo, cuando una minoría autodenominada experta comienza a circular la tan temida frase: “Fulano no es tan bueno, está sobrevalorado”.


Recientemente leía en los mares de WordPress a una persona que se quejaba de la afluencia epidémica de los Youtubers en el negocio editorial, afirmando que gracias a estos individuos otros autores con mayor talento perdían la oportunidad de publicar. La persona cerraba su post afirmando que sólo le quedaba esperar a que la gente no se embelesara con sus “dioses” y que “tuvieran criterio” para no caer en el abismo de la ignorancia. Cuando leí eso me sorprendí mucho por varios motivos: primero, porque yo también manejé ese tipo de discurso alguna vez; segundo, porque en mi cabeza resonó la posibilidad de que en efecto, mejores libros dejaran de publicarse por culpa de las estrellas de internet.

Finalmente, todo ese debate se reduce al ego. El mero hecho de que esté sintiendo la necesidad de escribir esto y publicarlo también responde a mi egocentrismo. No obstante, mi cinismo al respecto de mis propias ínfulas de grandeza me permite proseguir impunemente al plasmar mis sabihondas opiniones. ¿Pero por qué hablaríamos de egocentrismo cuando nos referimos al fenómeno “literario” de los Youtubers?

Existen aproximadamente 60 millones de libros publicados en el mundo (títulos únicos, por supuesto). Ni siquiera dedicando toda nuestra vida terminaríamos de leerlos, menos aún cuando a diario llueven nuevas publicaciones. En tal universo de libros — Borges tenía tanta razón al decir que el universo es una biblioteca — no hay necesidad de establecer una jerarquía de lo que sí se debe y lo que no se debe leer, puesto que inevitablemente nos quedarán títulos pendientes.

Pero las jerarquías existen y se hacen inevitablemente, en un esfuerzo fútil por poner orden. Listados, reseñas, recomendaciones, programas de televisión, radio, podcasts y otros recursos más, nos dicen qué deberíamos estar leyendo. Por todas partes llueven juicios sobre los libros buenos y los malos, pero todos generados por una motivación personal originada desde el mismo autor, que se sueña publicado y leído por todo el mundo, hasta seguidores y críticos: YO quiero que leas esto antes que cualquier otra cosa. YO opino que el libro Tal es mejor que el libro Cual. El autor Fulano me gustó más que Mengano y por eso afirmo que éste último es sobrevalorado. Si las celebridades de Youtube publican sus guías de ligue y lunas de Plutón MIS autores van a perder espacio. Y como me siento con la suficiente experiencia para juzgar, juzgo que aquellos seres inferiores a mí están endiosados con Yuya, Werevertumorro o el patiño en turno y por tanto, carecen del criterio más elemental para distinguir aquello que YO les digo que es bueno. Si cada persona es un mundo, ¿cómo vamos a saber lo que es bueno para otros? Leer más sólo nos vuelve más conscientes de nuestra ignorancia, diría Zaid. No somos mejores personas por el mero hecho de ser lectores. En realidad, no somos mejores y punto.

Ahora, este discurso de que los autores potenciales pierden oportunidades porque las casas editoriales se fijan más en lo sobrevalorado y popular es cierto… parcialmente. Un libro se publica cuando hay suficientes personas dispuestas a pagar por él, interesadas o no en su contenido. Si hay – digamos – 4000 personas interesadas en que el libro se publica, éste sale a la luz gracias al esfuerzo de editoriales pequeñas. O la autopublicación. O la distribución libre en Internet. O impresión sobre pedido. Opciones sobran, pero la sobra del ego nos acecha: el autor – o su puñado de fans – quería verse publicado por una editorial que distribuye a nivel mundial, pulir su carrera bajo los reflectores y ganar mil y un premios. No me malentiendan, creo que el desear reconocimiento por el esfuerzo propio es algo sano y probablemente necesario, pero en muchos casos se nos va la mano.

Cerremos el post con algo políticamente correcto, vegano, libre de gluten y no discriminativo: lean y dejen leer. Les juro que la edición limitada de ese autor desconocido e infravalorado no va a desaparecer por culpa del Rubius. Bam.

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7 comentarios

  1. soy de los que opina lo mismo con respecto a los youtubers, y fue un horror para mi ver en la última feria del libro una fila eterna de adolescentes enloquecidos por ver a su ídolo de la red social, un muchachito con el pelo blanco, con ínfulas de irreverente, pero dejando de lado al personaje, se le agradece que esté haciendo que todos sus seguidores se tomen la molestia de por lo menos coger un libro al año, en especial en esta época en la que un texto de más de 140 caracteres es considerado un “larguero”.
    Al final, la mejor filosofía de vida es leer y dejar leer, que cada uno alimente su cerebro con lo que le plazca, lo que más me causa gracia es que tal vez esos que dicen que la gente solo habla de Rayuela de Cortazar, probablemente ni siquiera la habrán leído…

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    • Sí, es difícil ver a las multitudes impresionadas con libros de Youtubers, aunque eso también responde a las deficiencias en la educación formal y en casa. Por lo visto, los docentes en lengua y literatura no han dado el ancho para competir con el poder de la mercadotecnia. Cortázar es mi ejemplo clarísimo de este fenómeno elitista entre los lectores porque, como bien mencionas, mucha gente se da aires de grandeza sin haber leído el libro.

      Gracias por pasarte por el blog. Saludos 😀

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