Demasiados libros, poco tiempo.

Recientemente sentí las repercusiones de una crisis que creía superada hace mucho tiempo: sin importar cuánto lea, sin importar la velocidad, no seré capaz de leer todos los libros. Ni siquiera todos los que se encuentren en probables listas.

Esta afirmación caló hasta lo más profundo de mi ser cuando tenía 9 años y había redefinido la importancia personal de leer. En ese entonces, sin más medios de consulta que mis libros y la magnificiente Enciclopedia Encarta, quise encontrar formas para leer más rápido. El razonamiento era sencillo: si leo más rápido, podré leer más libros. Si leo cada vez más libros, estaré más cerca de acabarlos. Tras cuatro días de esforzarme en técnicas improvisadas para aumentar mi velocidad tiré ese proyecto al caño y volví a encontrarle sentido a mi pasatiempo. Volví a sentirme libre de leer.

Hoy puedo abrir cualquier búsqueda sobre lectura en internet para terminar encontrándome con “Técnicas para leer más rápido”, “Mejore su velocidad de lectura” o “Lea más de un libro por semana”. Caminando por las calles del centro de la ciudad, he llegado a recibir volantes de “cursos americanos” para leer libros con sólo identificar palabras clave mientras se hojean las páginas. Revisando videos que versan sobre el tema, personas expertas en marketing y emprendedurismo nos dicen que leer rápido mejora la productividad en un mundo que nos exige más resultados en periodos estrechos. Al mismo tiempo, garantizan que su método es el mejor en el mercado y no sólo leerás más rápido, sino que comprenderás efectivamente lo que has sintetizado con sus técnicas. Pareciera que para ellos, leer es independiente de comprender.

Cuantificar los “resultados” de la lectura es absurdo. Cuando se me pregunta cuántos libros he leído, cuánto tiempo tardo en leer uno o cuántas páginas tenía el más grande, recuerdo el primer libro que leí y me repito: “a los adultos les encantan los números”. Pude haber leído mil libros o solo diez; a lo mejor tardo horas o meses en leer un libro. Es irrelevante y ni siquiera tengo respuesta a ese tipo de preguntas. Expresar la lectura en términos cuantitativos resulta peligroso, más aún cuando estamos empezando a explorar los libros. Establecer números puede conducir a fijar plazos y a definir metas que distan de – por lo menos – sentirse a gusto con lo leído. Si definimos objetivos cuantitativos respecto a la lectura podríamos terminar esclavos bajo el yugo del reloj en una actividad que ofrece mejores posibilidades. ¿No basta con las presiones del mundo para agregar una más?

Hace unas semanas tuve una conversación muy interesante sobre el manejo del tiempo y las triquiñuelas que se dan por tratar de ahorrarlo. Mi interlocutor cerró la plática diciendo que no, nunca hay tiempo. El tiempo es algo que se regala a uno mismo. ¿Cuál es el punto de leer rápido, si no nos interesa lo que leemos? ¿De qué sirve leer x palabras por minuto, si en ellas no encontramos nada? ¿Por qué no darnos el regalo de disfrutar nuestro tiempo?  Después de todo, el tiempo es vida y la vida reside en el corazón.


Respecto al mar de libros en el que nos encontramos inmersos, recomiendo muchísimo leer a Gabriel Zaid, quien comparte el vicio de la lectura y ha escrito ensayos magníficos sobre el tema. Justo ahora me encuentro en el viacrucis de conseguir algunos libros suyos; mientras tanto, me he conformado con la muestra gratuita de Los demasiados libros (disponible en Google Play). Quiero esperar a leer el libro completo para hacer comentarios al respecto, por lo que me limitaré a compartir lo siguiente:

¿Qué importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales.

Anuncios

4 comentarios

  1. Hasta cierto punto. No puede soslayarse que el cielo y el infierno de la lectura, y justo lo que le da el “sentido” del cual hablas es precisamente la posibilidad de encontrarle más de un uso a cada cosa, una sensación que seguro recuerdas bien si aún preservas las imágenes de tu infancia como pareces hacerlo. Esa cualidad, la misma que embarga a nuestros padres y líderes de opinión al momento de evaluar nuestra situación y desempeño técnico como naciones, la que les hace obsesionarse con un “establishment” mental cuantitativo (en el mismo sentido al cual aludes en tu texto) que devora por igual a nuestro pasatiempo, a ese ludismo letrívoro, que a toda actitud “permisiva” con una eterna y omnisciente idea de “rezago” en nuestros países (me refiero a México y América Latina en general), es la que, paradójicamente, también admite nuestra oportunidad de encontrar más de una interpretación en una lectura, hallar más de una idea nueva, encontrar nuevos significados en lecturas subsecuentes… nos hagamos con ello “físicamente más reales”, como dices, o no. En cierto sentido, a la luz de muchas conciencias, la lectura no deja de ser un bálsamo para toda alma que, por naturaleza, circunstancias, interpretaciones o anexas, no desea ser absorbida por el lado oscuro de la visión causa-efecto de la vida, por un precipicio de pragmatismo estéril, precisamente porque ha conocido más; pero por ello mismo, resulta un poco perturbador que, cuando parece ser que se usa a la lectura como un ineficaz método para extrapolar los miedos que acompañan a las cada vez más limitadas relaciones de correspondencia de los “adultos” en nuestra región (y tal vez en gran parte del orbe), para saciar los instintos de conservación y superación frente a un mundo competitivo y globalizado como si se quisiera “ahogar las penas” en alcohol, ahuyentando un “aprendí bastante hoy” con un “misión cumplida”, leer libros no parezca dejar de ser, después de todo, una “simple” “herramienta” para la expresión de los impulsos humanos, se consideren éstos arte, gozo, placer o, en el sentido de tu tema central, aparentemente cualquier otra cosa (números, les encantan a los adultos…)… Pero ahí yace también la definición del carácter artístico de la lectura, el carácter hedonista, si quieres, que nos hace perder la cabeza cuando un libro nos saca una sonrisa o nos hace pensar. Es un aparente carácter jánico de la vida, Valeria, pero, después de todo, la última palabra la seguimos teniendo nosotros. Saludos.

    Le gusta a 1 persona

Tus comentarios evitan que un poodle termine en la calle...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s